Fotos e Historias de lugares de Barrio Candioti

Biblioteca Emilio Zola

La otra biblioteca del barrio, que si bien es anterior a la Moreno en su fundación llegó al vecindario bastante tiempo después. Se trata de la biblioteca popular Emilio Zola, que se inició a comienzos del siglo pasado en el Centro Obrero de Estudios Sociales, un grupo de ideas anarquistas fundado por un puñado de inmigrantes europeos llegados a Santa Fe que declaraban como divisa de ese Centro ser “una pequeña gran universidad popular de estudio, cultura y arte”, allá por 1904. Al poco tiempo, el 11 de febrero de 1911, la biblioteca Zola se trasladó a un local ubicado en 25 de Mayo y Suipacha.

            El anarquismo formaba parte de las ideas y marco intelectual de muchos trabajadores inmigrantes. Entre sus acciones en la Argentina, el anarquismo tuvo protagonismo por ejemplo en ser articulador de obreros en su organización para sus primeros reclamos y luchas por sus derechos. Se destacan las huelgas en la primera década del siglo XX, incluso los acontecimientos de 1919 en la fábrica Vasena y en la Patagonia, la primera inscripta en la denominada “Semana Trágica” y la segunda inmortalizada en sus acontecimientos por Osvaldo Bayer en su libro “Los vengadores de la Patagonia trágica”, llevada al cine como “La Patagonia trágica”.

            En ocasión del centenario de la biblioteca, con textos de Daniel Dussex, El Litoral reflejaba aquella historia de cien años. “Las luchas obreras y sus correlatos represivos se hicieron sentir en todo el país. También repercutió en nuestra ciudad. El Centro Obrero de Estudios Sociales fue clausurado. Un pequeño grupo que sobrevivió a las persecuciones volvió a plantar las banderas libertarias, ya no abiertamente, sino a través de una entidad que llevaría el nombre de un escritor con dimensión social y política alcanzada en su célebre J’accuse. De 1911 a 1917, la acción cultural, social y gremial de la biblioteca Emilio Zola se fue intensificando. Se editaron documentos de análisis sobre temas sociales y de actualidad. El 13 de diciembre de 1913, comenzó a editarse el periódico local Germen”.

              Por sus ideales anarquistas la biblioteca fue varias veces amenazada y clausurada por la policía. Sus miembros participaron activamente por ejemplo del “Primer Congreso Anarquista”, celebrado en la ciudad de Avellaneda (Bs. As.) en 1922. También, en lo local, incluso mucho antes de llegar con su sede a Barrio Candioti, la biblioteca era un ámbito convocante para participar de muchas marchas y actos anarquistas a Plaza España, las que muchas veces terminaban con la escasa concurrencia reprimida por el Escuadrón de la policía.

      La acción política para aquellos hombres no se agotaba en la movilización y la acción, sino que el arte, la literatura, daban basamento a esa construcción de pensamiento ideológico. La biblioteca, en ese marco, era un instrumento medular. Así lo entendieron sus fundadores y los integrantes de la primera comisión, Cosme Curielera, Mario Ferrer, Tomás Ciorciari, Valentín Pierpauli e Hipólito Luesma, y en particular su secretario general Miguel Espósito, quien fue cesanteado por participar en una huelga ferroviaria pero que además fomentó espacios culturales y artísticos en la ciudad, incluso “…participó en el movimiento de la Reforma Universitaria y adhirió con firmeza a la creación de la Universidad Nacional del Litoral”, reza el escrito del vespertino.

            Otro de los pioneros destacados en el festejo de los cien años de la biblioteca fue José Mazzola “…quien estuvo como secretario general en momentos en que la institución se mudara al actual local de Marcial Candioti 2901, en el corazón del barrio Candioti Sur, inaugurado el 30 de abril de 1966”. Fue Mazzola quien tuvo la tarea de encabezar la reconstrucción de la biblioteca luego que fuera incendiada en septiembre de 1973. En ese atentado el fuego quemó unos 5.500 libros, pero sin embargo, los miembros de la entidad lograron recuperarla, tal como sus antecesores lo habían hecho en 1919 cuando también la biblioteca había sido presa de las llamas intencionales en su antiguo local del Centro

            “En septiembre de 1974, un año después del último atentado, la voluntad férrea de don José Mazzola al frente de otros compañeros con el mismo sentir reabrieron la biblioteca. Gracias a la movilización de ellos se pudo reunir dinero y donaciones para reparar el inmueble y reunir unos 2.300 libros, folletos y revistas”, recuerda Dussex. Sin embargo, durante la Dictadura Cívico-Militar iniciada en 1976, mantener abierta la biblioteca no era tarea fácil ni menos riesgosa.

         Más allá de los atentados y persecuciones de otro tiempo, de los desintereses sociales comunitarios de hoy, en la misma humilde casa de hoy, con la plazoleta de igual nombre detrás, la Biblioteca Emilio Zola permanece con sus puertas abiertas en Barrio Candioti. Así quedaba expresado para sus cien años: “La biblioteca Emilio Zola, a pesar de las persecuciones y de los intentos de incendio, sobrevivió hasta nuestros días como un legado de libertad. En su local actual, ubicado en Marcial Candioti 2901, todavía pueden adivinarse las siluetas de aquellos luchadores. Están presentes en el olor del papel, en el fragor de las palabras, mezclados con las obras de Tolstoi, Gorki y Dostoyevski. Siguen entonando las estrofas del aquel viejo himno: ‘Hijo del pueblo, te oprimen cadenas/ y esa injusticia no puede seguir/ si tu existencia es un mundo de penas/ antes que esclavo prefiero morir’”.

 

 

Biblioteca Moreno

            La primera biblioteca del Barrio Candioti fue la Biblioteca Popular Mariano Moreno, surgida de la iniciativa y trabajo de un grupo de vecinos el 5 de octubre de 1912. Su primer bibliotecario Feliciano Leorza, “…quien llegó a resignar sus sueldo para alentar la continuidad de una empresa que funcionaba con el combustible escaso pero valioso de vocaciones inextinguibles”, destaca Gustavo Vittori. Al comienzo ocupó un local, por menos de un año, en calle Gobernador Candioti 161, y luego se trasladó sobre la misma arteria pero al 2041, lugar donde funcionó hasta 1935.

                Por esos años la premisa era contar con un edificio propio, especialmente adaptado a las necesidades de la biblioteca, y que además permitiera ampliar las actividades propuestas para el barrio. De esta forma, en 1938, se creó una comisión para promover la construcción de una nueva sede. Gracias a una donación del Estado Provincial, y con el trabajo de los vecinos, en 1939 se colocó la piedra fundamental de lo que actualmente es el edificio levantado en Marcial Candioti 3369, que fue inaugurado el 6 de enero de 1940 con la presencia del entonces gobernador Manuel María de Iriondo.

            En ocasión del centenario de la entidad, el diario El Litoral publicaba un artículo donde se destacaba que para fines de los años treinta había una “subcomisión de ajedrez, una sección pro cultura infantil. Eran infaltables los almuerzos y picnics; así como las cenas de camaradería, que cada aniversario contaban con invitados como el artista plástico García Bañon, la poetisa Paulina Simoniello, y el escritor Felipe Mantecón. También se realizaban bailes sociales”. Se hacían publicaciones y recitales, actividades de todo tipo donde la Biblioteca Moreno era el centro cultural popular y abierto del barrio.

            Vale destacar que la Sala Cultural fue construida gracias a un préstamo del Fondo Nacional de las Artes otorgado en 1972 y que significó no pocos esfuerzos su devolución. Dice el citado artículo del vespertino “En un principio se adquirieron 215 butacas y con el tiempo se sumaron 100 más, que se compraron al ex Cine Doré. Luego se inició la construcción del escenario y colocación de parrillas para la iluminación; con mucho esfuerzo se calefaccionó con pantallas a gas. En 1973 comenzó a funcionar la sala con el nombre de Sala de Barrio. Se le da la concesión a Cine Club, quien aportó un proyector, y comenzó a dar cine. Con el tiempo se determinó que esta actividad no era redituable para la biblioteca que, apremiada por el dinero que tenía que devolver al Fondo Nacional de las Artes, buscó nuevos rumbos para incrementar la actividad y con ello los ingresos”. Por su integración con el barrio, muchas veces, la sala fue utilizada por las escuelas públicas para sus actos. Finalmente, “…en 2011 la Sala Teatro fue alquilada (por falta de recursos para refacciones y mantenimiento), a empresarios santafesinos, quienes la remodelaron y reinauguraron en marzo de 2012, como ‘La Moreno’”.

          Como entidad barrial, la Biblioteca Moreno pasó por varios avatares y dificultades en su vida institucional. Sin embargo, la Biblioteca ofrece a la comunidad talleres de actividades plásticas, musicales, teatro, literatura, incluso cursos para la tercera edad, idiomas, artesanías, entre otras posibilidades que marcan su vigencia como el mismo espíritu de autogestión que inspirara su creación en 1912.

 

 

La Alianza Francesa

            Los franceses forman parte de la historia nacional desde el aluvión inmigratorio de fines del siglo XIX. Si bien en el pasado, como nación en expansión imperialista, tuvieron incluso una acción bélica contra el país en sus tiempos de gestación, con el bloqueo que los agrupó junto a la flota inglesa y que fuera repelido por Lucio V. Mansilla y sus paisanos, luego esa presencia se tradujo en un intercambio comercial del que, como metrópoli, utilizó en su favor esas ventajas comparativas y relación favorable de poder para adentrarse en la vida económica y política local. Por ejemplo, esa presencia en términos de negocios se estableció en Santa Fe con la operación del Ferrocarril Provincial ante la imposibilidad de cumplimiento por parte del Estado santafesino de los compromisos financieros asumidos en su construcción y operación. También Francia tuvo una irradiación cultural, con epicentro en la capital gala, que deslumbró también a la Argentina, sus artistas y sus pensadores.

                Pero detrás de los grandes negocios, extremadamente provechosos para los capitales franceses vale recordarlo, vinieron a Santa Fe numerosas familias acompañando a sus jefes que se incorporaron, muchos de ellos a la vida santafesina trabajando en el Ferrocarril o en el puerto, o en la Compañía de Tierras. Otros tantos, como comerciantes, caracterizados por Miguel Ángel Dalla Fontana en su trabajo “Memorias de Barrio Candioti Sur” por sus oficios más comunes como “…peluqueros, cocineros, sastres…”. Ya vecinos de la barriada, crecieron al pulso del progreso del barrio, al que contribuyeron con tesón.

          En aras de trazar esa historia gala en el barrio, se puede recuperar lo mencionado por Gustavo Víttori en su libro “Santa Fe en clave” en cada 14 de julio, cuando se conmemoraba el día de la Revolución Francesa de manera especial en Santa Fe. Joseph Courau, miembro de la compañía de ferrocarriles francesa recordaba esos festejos, donde la ciudad era un “…oasis francés en tierra argentina…”. Por su parte, Marta Samatán, citada por Víttori tenía más presente la kermesse que se realizaba fuera de los actos centrales que se desarrollaban delante de la residencia del director del ferrocarril sobre el bulevar (hoy Alianza Francesa). Samatán describía que allá en la segunda década del siglo XX “era algo muy distinto a la velada y acaso sus atractivos fueron mayores, al menos para el mundo infantil. No éramos allí espectadores inmovilizados frente al espectáculo sino que estábamos metidos en ese espectáculo. Había toda clase de juegos y en esos días los padres se mostraban muy generosos no mezquinando las monedas ni los billetes de a peso, mucho más rendidores, por cierto, que los de ahora. La kermesse era una fiesta de luces y colores que nos deslumbraba”. Queda claro que tanto la celebración formal de la revolución que pregonó aquello de “libertad, igualdad, fraternidad”, como la mencionada kermesse, eran prácticas culturales vinculadas fundamentalmente a la colectividad francesa, con la inclusión de algunos santafesinos que detentaban el mismo nivel social.

            De ese núcleo de residentes franceses, con el decidido impulso del director de los ferrocarriles galos, Joseph Courau, surge primero la Escuela Francesa y su actual heredera la Alianza Francesa. Vale rescatar, desde la actualidad, que la Alliance Française Argentine, en la que se inscribe como una sede más la santafesina, forma parte de una red internacional. En su sitio web (www.alianzafrancesa.org.ar) se detalla que “La asociación Alianza Francesa fue fundada en Paris en 1883. A lo largo de los años se desarrolló una red mundial que cuenta con 968 sedes hoy –por 2015– en 136 países con más de 490.000 alumnos”. A ello agrega como dato que una entidad relacionada directamente con la anterior, y con la embajada francesa, es la Fundación Alianza francesa que “…desempeña un papel clave en la cohesión de esta red. Uno de sus roles más importantes es el de procurar que cada Alianza respete el concepto de la ética de la Alianza francesa”. Asimismo, exponen que “Las Alianzas Francesas tienen tres grandes misiones: Proponer cursos de francés aptos para todos los públicos, Mejorar y desarrollar el acceso a la cultura francesa, Favorecer la diversidad cultural”.

         Y los objetivos de hoy son los mismos del ayer que dieron origen a la iniciativa de los franceses de sostener su idioma, su cultura y su idiosincrasia, más allá de la distancia con la París lejana.

         Louis Morisot fue el primer director del Consejo de Administración de la Escuela Francesa, pero su impulsor y mentor fue Joseph Courau en 1900. Víttori menciona que “… de acuerdo con los datos disponibles, antes de mudarse al recordado edificio de calle Crespo 2948, el establecimiento comenzó a funcionar en una humilde casa de calle San Luis, casi esquina Junín, bajo la dirección del matrimonio Labourdette”. La entidad educativa tenía por finalidad transmitir y conservar en los hijos de los directivos y empleados franceses del ferrocarril el idioma y la cultura gala.

        Esta escuela terminó por ser absorbida por la Alianza Francesa, que en 1931 se instaló en Santa Fe gracias a las gestiones del entonces director del ferrocarril francés, Eugéne Tremblay. Gustavo Víttori recuerda que más allá de ese año “…la formalización por escrito se produciría recién en 1949. Previamente, en 1940, la casona del bulevar Gálvez fue adquirida por la Sociedad de Socorros Mutuos Francesa (fundada en 1898) y vendida luego, en 1950, a la Alianza Francesa de Santa Fe”. Pero más allá de los hechos institucionales que trasmutaron la original Escuela Francesa a la Alianza Francesa, vale la pena citar al mismo autor que menciona, ya puestos a fines de la década del 40’, que la nacionalización de los ferrocarriles realizada por Perón en 1947 “…cambió las reglas del juego hasta entonces imperantes, produjo la diáspora de la colectividad. Algunos de sus miembros de edad avanzada recuerdan los días del éxodo, la tristeza de la despedida entre los que retornaron a Francia y los que aquí quedaron para siempre porque habían echado vigorosas raíces afectivas, laborales y profesionales en esta tierra de adopción”.

      En términos de presencia efectiva en la esquina de Las Heras y Bulevar, la tarea de la FADU en el “Inventario del Patrimonio Histórico Arquitectónico Santafesino” repasa que una vez que el gobierno de la provincia cedió en arrendamiento del ferrocarril de su propiedad a la Compañía Francesa de Ferrocarriles, el 1° de enero de 1889, y al mes siguiente solicitaron autorización para la compra de un cuarto de manzana con frente norte al Bulevar Gálvez para construir viviendas destinadas al personal jerarquizado de la compañía. El 1° de febrero de ese año se obtuvo la autorización y casi inmediatamente comenzaron las obras de la residencia del Director. Se dice en este libro que “…además del bloque principal, completaban el conjunto los jardines y áreas parquizadas y un ala dos niveles destinada a la vivienda del personal de servicio, cochera y caballerizas, construida sobre la medianera sur”. En el comienzo del barrio, la casa del Director de la Compañía Francesa era la “mansión” del lugar, y comenzó ciertamente a darle al bulevar su idiosincrasia de alta sociedad, de casonas señoriales de las clases santafesinas más pudientes y encumbradas en los escaños de poder político y económico.

         Describen desde la FADU que aquella casona, que contaba con instalaciones de  cloacas y agua en su interior, era “…un interesante ejemplo de un petit palais de perímetro libre, trabajado con gran espero compositivo. Compacto y simétrico, cuenta con un nivel principal sobre elevado al que se accede por una escalinata rococó de mármol de Carrara que conduce a una galería, desde donde es dable apreciar los jardines del entorno; este nivel se completa con las salas, dotadas de estufas embutidas de fina artesanía de fundición de hierro, y dependencias complementarias entre las que se cuentan un palco de orquesta. Hacia la parte posterior, se ubican dos pequeñas escaleras que, desde una suerte de pasadizo profusamente iluminado por una mampara que abre al sur, llevan al semisótano de igual superficie que el nivel superior, con salas de billares y locales de servicio”.

            La “mansión” francesa marcaba esa diferencia en social desde lo arquitectónico. Como el propio predio, estaba divida la casa del Director de su servidumbre, en una clara expresión de las profundas distancias marcadas en aquel tiempo entre los distintos componentes de la comunidad santafesina. Es más, el terreno adquirido originalmente para otras viviendas terminó siendo ocupado únicamente por el Director y su petit palais, con reminiscencias de barroco francés y de “villa italiana veneta”. Lo cierto, es que gracias a la trasmutación de la Escuela Francesa a la Alianza Francesa actual, el edificio, aunque sin su esplendor y características originales, permanece en la misma esquina del bulevar, con la protección y la apertura de la cultura gala y del idioma del “gorrión de París” resonando en jóvenes voces entre sus muros.

 

 

La Casa de los Gobernadores

            La construcción de bulevar Gálvez y Güemes que hoy se conoce como “Casa de la Cultura” antes fue la “Casa de los Gobernadores”, y más atrás en el tiempo, la Casa de Manuel Leiva. La casona, con aires de mansión, fue construida en 1910 como residencia particular de Manuel Luciano Leiva, hijo de Luciano Leiva quien fuera gobernador de Santa Fe entre 1892 y 1896. El arquitecto a cargo del proyecto fue Francisco Ferrari, conocido por otras grandes obras en la ciudad.

       Menciona el Relevamiento realizado por la FADU que su arquitectura responde a la tipología residencial del petit hotel y a los cánones del eclecticismo francés. Sus vitraux, pisos de madera y mármol, cielos rasos moldurados y revestimientos interiores le otorgaban valor a su calidad constructiva y originalidad, por lo que se convierte en un ejemplo único de los gustos de la clase alta santafesina de principios de siglo. Originalmente, sus jardines “a la francesa”, llegaban hasta calle Castellanos, sobre la que estaban las caballerizas y las dependencias de servicios.

        Luego, entre 1916 y 1919 el gobernador Rodolfo Lehmann (pariente político de Don Manuel Leiva), ocupó la casa y la convirtió en su residencia familiar. Aquella ocupación le dio el nombre al edificio, con el que incluso todavía más de un santafesino la identifica al mencionarla como la «Casa de los Gobernadores». Después, ya en 1924, la mansión fue adquirida por don Lorenzo Molina, que pasó a ocuparla con su familia hasta 1942. Fue entonces, en 1942, cuando Lorenzo Molina vendió al Gobierno de la Provincia la casona histórica.

           Más cerca en el tiempo, mediante decreto, en 1991 el inmueble fue destinado al funcionamiento de la “Casa de la Cultura”, dependiente de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, actual nombre con el que se la conoce. A fines de los ´90, el estado del edificio requirió importantes tareas de mantenimiento y refacciones, obras que luego de muchos años no fueron concluidas, ni la casa ocupada para los nuevos usos conque fuera destinada. Detrás de las particulares rejas, en la misma esquina desde hace más de cien años, permanece la historia de una casa que albergó a mandatarios visitantes de la ciudad a principios del siglo pasado.

            Existe en la tradición popular una historia trágica relacionada a la Casa de los Gobernadores. Dicen que una adolescente, al ser obligada a casarse con un hombre que no amaba, se quitó la vida en esa casona cuando tenía 16 años.

            En el inicio del Tercer Milenio la Casa de la Cultura sigue a la espera de una restauración definitiva y una puesta en funcionamiento para el recuerdo vivo de una parte de la historia de los santafesinos, y de Barrio Candioti.

 

 

El cine de Barrio Candioti

            Pese a estar lejos del “Centro”, y en otros tiempos donde proyectar películas de celuloide daba ingresos para que emprendedores invirtieran en salas en los barrios. Así Candioti, de la mano de Leandro Martín, tuvo su propio cine: el Esperancino.

Primero en realidad fue el “Recreo Esperancino”, de Leandro Marín, que estuvo en bulevar, entre Marcial Candioti y Necochea, de la mano sur. Rememora Dalla Fontana que “Todos los fines de semana se proyectaban películas mudas, al aire libre. Contaba con un patio con mesas y sillas de acero plegables para comodidad de los visitantes, y sobre el bulevar (en el cantero central) se armaban en forma precaria una tribuna de cajones de madera, que pasaba a ser el ‘gallinero’ o grada. El costo de una platea (sillas) era de 20 cv. Incluido un refrescante pirulo o una chinchibira. La grada valía 10cv.”.

          Por su parte, Manuel Canale, en un trabajo publicado por la Revista “Nosotros” del diario El Litoral, el 5 de septiembre de 2009, daba cuenta de quien había sido el impulsor de esta sala en Barrio Candioti, como de otras más. En este artículo se señala que Martín había llegado de España de muy pequeño a Esperanza, donde luego contrajo matrimonio, y con su esposa y su primogénito, decide trasladarse a Santa Fe. Era el comienzo del siglo pasado y Leandro Martín se instalaba con un negocio de Ramos Generales llamado “El Esperancino” en la esquina de bulevar y San Luis. Dice Canale que “A partir de la segunda década del siglo XX y observando las bondades económicas del negocio que vislumbraba un éxito asegurado, Martín decide arrendar el cine teatro Jardín de Italia, ubicado en calle Junín 280 (2457 en la actualidad), donde años más tarde será edificado el cine teatro Moderno, actualmente Centro Cultural Provincial”.

            Más luego, y por su apego al Barrio Candioti, Leandro Martín se embarca en tener su propia sala de proyección. En la citada revista se describe que “Fue durante el año 1913 cuando Martín decide establecer un lugar definitivo, cómodo y confortable para las proyecciones cinematográficas, alquilando un amplio terreno y casilla (34, 64 mts. x 34.64 mts.) propiedad de Domingo Franchino, en la esquina de Boulevard Gálvez y Marcial Candioti. En este amplio lote decide contratar a Fortunato Pucci y Lorenzo Vicenzi para que construyan una casa de madera, con baños y todo lo necesario para erigir el primer “Esperancino” -ya sin el artículo-, lugar que durante mucho tiempo será un referente en el próspero y espacioso barrio Candioti. La sala será reconocida por convocar a un distinguido grupo social, prodigándole el carácter popular y familiar por el cual trabajaba don Leandro mientras administraba la sala”. Finalmente, esa sala principal se construyó pocos metros al este de Marcial Candioti, siempre sobre la vereda sur.

           En su afán de empresario Martín se asocia con Samper y operan varias salas de la ciudad, como el Cine Avenida y el Chartman, entre otros emprendimientos cinematográficos que los llevaron a conformar una empresa que hasta filmó documentales y algunos cortometrajes con imágenes de Santa Fe y otras ciudades de la región, estas cintas se perdieron en el incendio en un depósito de Samper en Rivadavia y Crespo.

            Un dato expuesto por Canale en este artículo relaciona a Martín, el cine y el barrio. Dice que “Una de las preocupaciones del novato empresario cinematográfico era mantener vivo el interés por el espectáculo, por lo cual cuidaba celosamente la publicidad y la programación. José Andrés Beltrán nos cuenta que ‘lo primero (la publicidad) lo lleva a cabo con un grupo de chicos, quienes validos de un sulky y un tambor, llamaban la atención de toda la zona del antiguo barrio Candioti repartiendo programas en multicolor, 

donde constaban las películas en uno y dos actos del bizco Ben Turpin, del obeso Farry Arbuckle, del incipiente Charles Chaplin, del hombre mosca Harold Lloyd, del hierático Buster Keaton, el personal Toribio Sánchez o el maestro Max Linder, alternándose semanalmente con las inolvidables series de Perla White, Eddie Polo y otros monstruos sagrados de la época’”.

       Leandro Martín fue vecino del barrio, vivió en la esquina de Balcarce y Lavalle, morada en la que falleció el 9 de septiembre de 1941, a los 69 años.

 

 

Colegio e iglesia 

de las Hermanas Adoratrices

            Las leyes de enseñanza laica sancionadas por Julio Argentino Roca acarrearon la reacción de iglesia, por ejemplo en Córdoba, donde el sacerdote jesuita José Bustamante creó una institución para formar “maestras católicas”. Como lo señala el trabajo de la Facultad de Arquitectura de la UNL, de esa iniciativa de sostener la enseñanza católica se establece la “Adoración perpetua del Santísimo Sacramento”, de la cual se desprende el nombre de la Casa de Adoratrices, surgida en la ciudad mediterránea en 1885.

            En Santa Fe se funda el segundo colegio de la congregación, en 1887, que se instaló en forma provisoria en una casa ubicada en la misma manzana del hoy Palacio de Tribunales, donada en la esquina de San Jerónimo y General López por la señora Gregoria Maciel. Al poco tiempo, el gobernador José Gálvez entrega una manzana en el nuevo bulevar del incipiente Barrio Candioti. A esa donación sumó dinero para el comienzo de las obras.

            El Inventario: 200 obras del Patrimonio Arquitectónico de Santa Fe, publicado 1993, detalla que si bien actualmente el establecimiento ocupa gran parte de la manzana, “…es la primera construcción (edificio y capilla sobre Boulevard) lo que adquiere significación”. Luego describe que “La capilla, obra del destacado arquitecto Juan Bautista Arnaldi, es el elemento más destacado del conjunto”.

        En orden a la historia del establecimiento, en el sitio web del colegio se menciona sobre el origen de la congregación y la decisión del sacerdote José Bustamante que “…comprendiendo las consecuencias que traería la ola laicista que se promovía en nuestro país, concibe la idea de fundar una congregación que a través de un carisma centrado en el Misterio Eucarístico prestara a la Iglesia el servicio apostólico de la educación”. Puestos sobre Santa Fe, se refiere que “En el año 1886, el Padre Bustamante viaja a Santa Fe para proponer al Obispo Mons. Gelabert y al Gobernador Dr. José Gálvez, fundar un colegio de las Hnas. Adoratrices para la formación cristiana de las niñas y jóvenes santafesinas”.

        Sigue la palabra oficial del Colegio: “Más tarde, habiéndose enterado las Hnas. que el norte de la ciudad (hoy Barrio Candioti) se poblaba de familias que reclamaban asistencia espiritual para sus hijas, solicitan autorización al Obispo para instalarse en el predio actual de calle Boulevard Gálvez. El 13 de septiembre de 1890, se abren las puertas del  Colegio ‘San José’, iniciándose las actividades con la enseñanza primaria y   clases de pintura, corte y confección y declamación”.

            Como objetivo se expone que “La Congregación, desde sus inicios, promueve una  educación que privilegia  el desarrollo de la capacidad de discernir, la formación en valores y actitudes cristianas y la formación de la voluntad para el ejercicio de la libertad responsable”. Luego, dentro del ámbito de la enseñanza privada, se detallan la oferta académica y los años de su comienzo, entre las que se destacan en 1919 la carrera de Magisterio con su primera promoción en 1922. En 1945 el Jardín de Infantes y en 1947 el Liceo o Bachillerato; en 1950 la sección Comercial y en 1956 la sección Comercial Nocturna. Después en 1969 el Bachillerato con Orientación Pedagógica y en 1971 el Profesorado de Nivel Elemental. Dentro de lo pedagógico se inscribe en 1975 el Profesorado para la Enseñanza Primaria (Nivel Terciario), más otras carreras cortas terciarias de administración. Finalmente “En 1986, el Profesorado de Enseñanza Primaria se transforma en Profesorado para la Enseñanza Primaria y Preescolar. En 1995 el Nivel Terciario adquiere la figura de Instituto Superior Particular Incorporado Nº 9017 ‘San José’ Adoratrices”.

 

 

LA SALLE

         Sobre el Colegio La Salle y sus orígenes Vittori menciona que “…en la manzana comprendida entre ltuzaingó, Alberdi, Sarmiento y Gdor. Candioti, el 24 de junio de 1902 se inauguraba y bendecía la Escuela de Artes y Oficios que pocos años después toma- ría el nombre de Colegio La Salle Jobson. El instituto se erigiría en un terreno donado por Gerarda Candioti, hija de don Marcial, con destino a la formación laboral de niños pobres. Con esa finalidad, monseñor Juan Agustín Boneo, primer obispo de Santa Fe, había invertido la suma de 28.000 pesos donados por la señora Flavia Sañudo de Jobson. Esa y otras contribuciones posteriores permitieron levantar el establecimiento sobre la base de planos realizados por un padre de la Compañía de Jesús”.

         Es decir, en su origen el colegio tenía un fin solidario de formación laboral y educación para los menos pudientes, incluso con gratuidad para su cursado. Dice el mismo autor que “El perfil laboral del proyecto se manifestara en la resolución física de un sistema de talleres o pabellones diferenciados. A ese efecto se había dispuesto que cada oficina tuviera su propio local y su patio respectivo con sus galerías y aljibe. Así se explica la cantidad de subdivisiones que presentaba el viejo edificio, luego remodelado con el objeto de adaptarlo a nuevos conceptos educativos y necesidades funcionales”. No obstante estas intenciones, pronto, en 1904, las actividades en el colegio fueron suspendidas por falta de recursos económicos.

       En 1905 entran en escena dos hermanos lasallanos que estaban de paso por Santa Fe, en viaje a Córdoba. Este hecho eventual hizo que monseñor Boneo “…les ofreciera el edificio para que impartieran la enseñanza según sus reglas. Como consecuencia de esta gestión, los hijos de San Juan Bautista de La Salle se establecieron en nuestra ciudad…” detalla la publicación “Santa Fe en clave”. Así y todo el colegio se encontraba lejos del sector más poblado de la ciudad, por lo que a similitud de la Escuela Francesa, La Salle tuvo un transporte propio para sus alumnos. Rápidamente se dejó de lado la enseñanza de oficios y se enfocó la actividad hacia la escuela primaria primero y luego la de perito mercantil, cuando fue reconocida como Escuela Superior de Comercio.

       Por otro lado, Dalla Fontana ahonda sobre la historia del actual Colegio Lasalle Jobson: “…la escuela de Artes y Oficios, inaugurada en 1902 (luego Jobson) tuvo una clara orientación, según su donante, Nicandra Gerarda Candioti de ‘facilitar la instrucción y mejoramiento de la clase proletaria del pueblo’. Su deseo personal estaba íntimamente relacionado con la nueva línea del catolicismo que pregonaba la encíclica ‘Rerum Novarum’ (1891), lo que condenada al capitalismo como causa de la pobreza y degradación de muchos trabajadores”

        Continúa luego el autor, “La dirección de la escuela tenía como fin la enseñanza de oficios con talleres propios de carpintería, ajuste mecánico y sombrería. En 1905, ante el cierre del establecimiento, por falta de recursos, se hacen cargo los hermanos lasallanos, franceses que toman la enseñanza del colegio ampliando las posibilidades de educación (respetando el objetivo con que fue creado, atender la enseñanza gratuita). Se ofrecen los cursos: primario, comercial y profesional (artes y oficios dirigido por un hermano y capataces. En 1909, el colegio se prestigia al incorporar la carrera de Perito Mercantil e idioma francés. Muchos egresados de este colegio eran incorporados a la empresa del FC.SF”.

     Durante un tiempo, para sostener la idea inicial, el colegio fue gratuito, pero finalmente se arancelaría su asistencia. En el crecimiento de la entidad se sumó a las instancias educativas primarias y secundarias la de nivel Inicial, con el jardín de infantes.

 

 

EL VIADUCTO OROÑO

Foto: Esteban Courtalon

        La crecida extraordinaria de 1966 afectó notablemente la costa del riacho, en la desembocadura de la laguna Setúbal. Tuvo graves consecuencias, irreparables para el Parque Oroño, y puso en jaque al Puente Colgante. Con el Túnel Subfluvial en construcción, como así también la extensión de Ruta Nacional Nº 168 para llegar a la cabecera oeste de túnel, era necesario cruzar a la par del Colgante con otro puente, de modernas características, que además vinculara las Avenidas Alem, 27 de Febrero, y la Circunvalación, después denominada Mar Argentino, desde el puerto hasta el cruce con Ruta Nacional Nº 11, al este del Puente Carretero.

Foto: Ing. Luis M. Barletta

      En ese marco, la Dirección Nacional de Vialidad licitó la obra del nuevo puente con todas las ramas de distribución de tránsito, en el lugar que ocupara el Parque Oroño. La licitación se hizo el 16 de mayo de 1967 y en febrero de 1968 comenzaron las obras. El puente además sumaba a la concepción vial de dos carriles por mano, ser soporte de las cañerías de impulsión de agua desde el Colastiné para su potabilización, y la otra hacia el mismo río que lleva los líquidos cloacales. El  viaducto tiene una extensión de 300 metros, construido en tramos, o dovelas, que se iban montando en voladizo desde la misma estructura ya establecida.

         Se destaca en “Santa Fe en clave” sobre el modo de construcción y la estructura del puente que “Esa técnica de armado -aplicada por primera vez en el país y con pocos ejemplos en el mundo- atrajo la curiosidad de la gente que acudía a ver cómo el puente avanzaba desde ambas márgenes hacia su parte central. El puente descansa sobre cuatro pantallas, dos en cada pilar, que a su vez se apoyan sobre soleras. Estas consisten en macizos de hormigón de 900 m3 cada uno, ejecutados sobre la cabeza de dos pilotes de gran diámetro que se hincan profundamente en el suelo de la laguna. Aunque normalmente quedan bajo el agua, en épocas de bajantes pronunciadas, las enormes moles de hormigón pueden observarse desde la costa”.

Foto: Esteban Courtalon

      Fue inaugurado habilitado al tránsito en enero de 1971 y oficialmente el 30 de septiembre de 1971 por el gobierno de facto de entonces.

El Litoral 14-1-1971
El Litoral 30-9-1971

 

 

De casa de don Candioti a edificio público

        Don Marcial Candioti vivió en el centro antes de mudarse al barrio al que le diera nombre. Su casa estaba en la esquina de San Martín y Juan de Garay, frente al Teatro Municipal. En ese inmueble, muchos años después, funcionó en 1959 la Universidad Católica de Santa Fe, hasta 1971 cuando comenzó su traslado hacia la Villa de Guadalupe. Pero de regreso a la morada de Marcial en el Barrio Candioti vale recuperar que no se asentó frente al bulevar, sino una cuadra al sur, en la esquina suroeste de Balcarce y Avellaneda.

            En el trabajo realizado por la Facultad de Arquitectura de la UNL se menciona que la casona de Avellaneda 3381 fue proyectado en 1918, aunque al poco tiempo, en 1925 fue adquirida por Ángel Mai, por lo que don Marcial no vivió mucho tiempo en el lugar, antes de fallecer en Buenos Aires en septiembre de 1928.

             Originalmente el predio ocupaba un amplio espacio, casi hasta calle Güemes, en el contra frente de la manzana. El edificio tenía dos plantas, con numerosas habitaciones y dependencias. Luego, desde 1940 en adelante, se realizan en dos etapas modificaciones para refuncionalizarla hacia el nuevo destino, albergar una escuela. Primero la casona fue ocupada por la “Escuela Industrial de Arte y Oficio de la Nación”, la actual Escuela de Enseñanza Técnica N°1 “Nicolás Avellaneda”, hasta 1973 cuando la escuela técnica se traslada a su actual sede. Luego el edificio es ocupado por el CONET, relacionado a la educación técnica. Finalmente, ya destinado a ser un edificio de uso público, el lugar es ocupado por la delegación de la Región IV de Educación, del Ministerio de Educación de la provincia.

Marcial Candioti y familia en la casa de Avellaneda y Balcarce

       Pese a haber sido concebida como la casa de Candioti en su propio barrio, don Marcial no pudo vivir demasiado tiempo en ella. Acaso como signo distintivo de sus dos casas más conocidas, la del vecindario que lleva su nombre, y la de calle San Martín, en ambos inmuebles se relacionaron a entidades educativas, tanto así que la actual casona en pie en la calle Avellaneda, sigue relacionada a la Educación.

Escuela IV Centenario

      Otra de las casas de ilustres santafesinos que edificaron en Barrio Candioti y que luego se transformaron en locaciones de dependencias públicas es la de don Luciano Leiva, ubicada en la esquina sureste de Bulevar Gálvez y Lavalle. Leiva, padre de Manuel, que cerca de allí levantara su chalet mansión conocida como la «Casa de los Gobernadores», fue gobernador de Santa Fe entre 1892 y 1896.

       Respecto de la construcción, en el citado trabajo de la Facultad de Arquitectura de la UNL se menciona que la edificación data aproximadamente de 1909 y que está “Emplazada en el medio de un amplio terreno, la vivienda queda rodeada de jardines separados de la calle por una verja de mampostería y hierro que la circunda”. La vivienda de Leiva fue sede en 1925 del Consulado de la República Oriental del Uruguay, por lo cual fue sometida en ese tiempo a reformas, que sin embargo, respetaron la construcción original. No así sucedió luego con las otras intervenciones para adaptarla como sede de la Escuela “IV Centenario”, dado la falta de presupuesto, desvirtuaron las características originales y singulares de la casa de Leiva.

        Respecto de la Escuela N° 1190 “IV Centenario”, vale mencionar que la referida entidad surge en 1974, cuando por disposición del Ministerio de Educación, se fusionan las Escuelas Luis Pasteur (de 1909) y la original Alfonso Grilli, año además cuando comienza a funcionar en la casona de Leiva. Un dato de color de la inserción en el barrio de la escuela es que desde 1946, cuando fue plantado por un grupo de alumnos del establecimiento, existe en la esquina de la escuela un retoño del pino histórico de San Lorenzo.

 

 

Escuela Moreno

        La Escuela Moreno tuvo su origen en la primera escuela primaria fiscal del Barrio Candioti, la Escuela Elemental de Varones “Boulevar Gálvez” creada en 1899, que luego en 1911 adquiere su actual denominación. Luego de una primera sede, la antigua Escuela Elemental, se asienta antes de cambiar de nombre en un flamante edificio construido con ese destino en calle Balcarce 1855. “En 1909 –dice el trabajo de la FADU de 1993- sobre los planos elaborados por la sección de Arquitectura de la Dirección de Obras Públicas Provincial, se inician los trabajos de construcción de la obra…”. La fachada se torna característica, de “…simétrica estructuración clásica”. Este edificio fue ocupado después, en 1954, por el Jardín de Infantes Pringles, al trasladarse la Escuela Moreno a su actual emplazamiento de Necochea e Ituzaingó, donde en coincidencia con los 50 años de la entidad se colocó la piedra fundamental de ese edificio en 1949.

       Justamente, el diario El Litoral del domingo 14 de noviembre de 1954 daba cuenta en sus páginas de la trascendente inauguración que ese lunes siguiente acontecería con el edificio nuevo de la Escuela Moreno. Inspirado en las políticas de Estado del gobierno peronista, el edificio, como el de otros establecimientos de la ciudad, responden a esa premisa. El artículo referido detallaba que “El edifico que será inaugurado mañana cuenta en su planta baja con seis aulas de enseñanza didáctica, biblioteca, hall de entrada, sala de maestros, oficina de la dirección, gran salón de actos y patio cubierto, pabellón sanitario y toilet, todo con circulación cubierta. En la planta alta se han ubicado seis aulas, museo, circulaciones cubiertas, hall, consultorio médico, oficinas de la vicedirección y archivo…” y continuaba la descripción del importante edificio, el mismo que con algunas modificaciones y ampliaciones permanece con su fachada inalterada desde aquella época en la misma esquina de Barrio Candioti.

         No se trataban de obras aisladas, en la misma nota se detallaban otros establecimientos en el mismo marco de políticas de neto corte de “Estado de Bienestar”, con edificios nuevos en Tostado, en el departamento Rosario, en Ceres, Campo Leonard, María Juana, Reconquista, Casilda, Campo Copari, Venado Tuerto o Melincué, desde ciudades a escuelas rurales.

          Como para dar dimensiones de lo que significaba ese edificio nuevo para la Escuela Moreno vale decir que en aquel 1954 tenía unos seiscientos alumnos, en veinticuatro grados, distribuidos en turno mañana y tarde. Además, se sumaba como escuela en funcionamiento la Nocturna N°5, que ocupaba las aulas por la noche.

ESCUELA MORENO ANTIGUA HOY JARDIN INFANTES PRINGLES

 

 

La Estación Belgrano

            En el dicho común de hoy se menciona a la Estación del Ferrocarril General Manuel Belgrano como la Estación Belgrano, pero en realidad el edificio en Bulevar Gálvez, entre Avellaneda y Vélez Sarsfield, no tiene nombre, y en todo caso al referirse a ella debería de decirse “La Estación del Ferrocarril Belgrano”. Pero sin embargo no se está demasiado errado al mencionarla como la “Estación Belgrano”, especialmente desde que pocos convoyes de ferrocarriles llegan a la zona de cargas en la estación, y menos equivocado se está al pensar que luego de las políticas neoliberales de la década de 1990, el edificio de la estación quedó abandonado y en creciente ruinas.

            Y no fue hasta que la Municipalidad de Santa Fe, en XX, tomó por iniciativa propia, en confrontación con la burocracia del ONABE “Organismo Nacional de Administración del Bienes del Estado”, que no permitía u obstaculizaba la cesión del edificio, al mismo tiempo que nada hacía mantenerlo. De hecho, el municipio comenzó a realizar obras y finalmente obtuvo la entrega de la estación, la que hoy se encuentra recuperada como centro cultural y de exposiciones, con resguardo para su uso público frente a las iniciativas solapadas que hubo para transformarla, junto con el predio aledaño hacia Candioti Norte, como un centro comercial de grandes dimensiones.

            De regreso hacia el pasado, la historia de la estación en punta de línea sobre el bulevar comienza bastante antes de su construcción.

        En 1908, el 25 de mayo, llegó a Santa Fe el primer tren de pasajeros proveniente desde Tucumán, a través de San Cristóbal y San Justo. Era la “la máquina NP 65 a cargo del señor Nicolás Brandi, llevando como foguista al señor Bedini, realizó su viaje inaugural a nuestra ciudad. Cabe recordar al respecto que el ramal que iba a San Cristóbal hacia el norte fue construido a partir de 1889 por la Compañía Francesa de Ferrocarriles, obra que en su primer tramo llegaba hasta Fortín Inca y en 1892, a la ciudad de Tucumán”, recuerda Gustavo Vittori. Además agrega sobre este ramal del Ferrocarril Francés, “En 1895 fue comprado por el Estado nacional, adquisición que se convertiría en la base de los ferrocarriles estatales”.

        El libro “Memorias de Barrio Candioti Sur” incluye entre sus páginas la descripción del origen y desarrollo del monumental edificio de la Estación del Ferrocarril Belgrano, ahora recuperado como centro de exposiciones y de espacio de arte. Dice al respecto la publicación “En 1911 se construía la Estación del FF.CC. Central Norte con una pequeña casilla que hacía de estación, y se montaban las barreras provisorias en el paso a nivel en el bulevar y Vélez Sarsfield. Recién en abril de 1912 la empresa Bonfils realizaba el montaje del hall central con sus dependencias de 148 x 38,60 m. Este ferrocarril no solo permitió la salida y entrada de las producciones, sino que fue un excelente vehículo para que los pobladores pudieran conectarse con Villa Guadalupe, Ángel Gallardo, Monte Vera y Laguna Paiva”.

 

 

La Cervecería

            El origen de la fabricación de cerveza en Barrio Candioti Sur hay que buscarlo en la colonia santafesina. Al inicio, fue en San Carlos Sur donde se comenzó a producir esta bebida tradicional de tierras europeas en 1884, a cargo de Francisco Neumeyer. Esa “industria cervecera” encontró a inversores entusiastas de crear una empresa en Santa Fe, y como lo menciona Gustavo Vittori en su trabajo, “…hombres dinámicos y diversos como José B. Rodríguez, Ángel Casanello, Guillermo Lhemann, José Vionnet, Conrado Nagel y Daniel Alonso Criado, entre otros, lideraron esta iniciativa que asociaría a muchas familias de nuestro medio”. Esas familias formaron el paquete accionario embrionario de la empresa que finalmente adquirió en 1912 un predio de cinco manzanas en el “paraje Los Seibos”, luego conocido como “suburbio Candioti”. Este espacio, con límites entre Alem, Güemes, Calchines y Alberdi, es el que hoy todavía ocupa la industria cervecera en la ciudad. Allí, bajo el proyecto técnico del Ing. Sokol y el Téc. Otorino Baroni, se levantó la fábrica con sus edificios específicos para producir la primera cerveza de la ciudad.

           La presencia significativa en la historia de la cervecería de Barrio Candioti la daría un maestro cervecero alemán venido desde aquella Cervecería del San Carlos. Era don Otto Schneider, quien permaneció desde 1913 hasta 1932 cuando montó su propia empresa en el barrio del noroeste que hoy lleva su nombre. No fueron tiempos fáciles los comienzos, en tanto gran parte de los insumos y elementos utilizados para obtener la rubia burbujeante eran importados, ingreso que fue afectado por la Primera Guerra Mundial. La creatividad y maestría de Schneider, secundado por otros dos teutones como Fuhrken y Weber, en administración y control de la maquinaria respectivamente, lograron llevar adelante la empresa, como lo señala Vittori en “Santa Fe en clave”.

       Luego vendrían tiempos mejores, con un gran crecimiento de la producción entre 1925 hasta la gran crisis de 1930. A Schneider lo reemplazó el maestro cervecero José Mayer, también venido de la Germania. La fábrica para los años 1935 llegó a tener hasta 450 empleados en los tiempos de mayor producción y venta. Según Gustavo Vittori, en conversaciones con Julio Alzueta (subgerente en aquellos años de la fábrica), el sabor distintivo de la Cerveza Santa Fe y su éxito y aceptación al paladar radicaba en “…un elemento al que se le ha prestado poca atención. ‘La diferencia en la calidad la hacía el agua del Colastiné’…”.

      Otro tiempo de gran expansión en el consumo de cerveza se evidenció como correlato de las políticas de bienestar desarrolladas por el Peronismo con las clases trabajadoras y las más bajas de la sociedad. Producto de un incremento del poder adquisitivo, de una movilidad social ascendente, y de nuevas pautas de consumo y popularización de determinadas prácticas culturales, ya no fue sólo patrimonio de Santa Fe el consumo de la cerveza, sino que se adentró en un mercado expansivo de otra escala. Al final de esa etapa de crecimiento, para 1952, los empresarios Julio y Juan Marmorek adquirieron la mayor parte de las acciones de la empresa.

      El proceso de concentración de la producción de cerveza en la ciudad tuvo otro paso en 1979, cuando Cervecería Santa Fe compró las acciones de la Cervecería Schneider, afincada en Blas Parera y Llerena donde hoy existe un megamercado mayorista. La planta de Schneider fue cerrada tiempo después, por lo que al llegar la siguiente etapa de venta a capitales extranjeros de la empresa ya en Barrio Candioti Sur se producían ambas marcas, Cerveza Santa Fe y Cerveza Schneider, cuando antes competían en el mercado al pertenecer a diferentes empresas.

       Lo cierto es que en septiembre de 1995 se selló la venta de Cervecería Santa Fe al actual grupo inversor Luksic de origen chileno que la maneja bajo la denominación Compañías Cerveceras Unidas (C.C.U.). Hoy la cerveza con el nombre de la ciudad se produce con destino casi exclusivo al mercado local, como una especie de conservación de la marca distintiva, mientras que la que lleva la marca del maestro cervecero que le dio origen busca horizontes comerciales en el país, a juzgar por su distribución y estrategias de marketing y publicidad.

       Asimismo, bajo licencia, en la modernizada planta del barrio se producen otras marcas de cerveza reconocidas mundialmente, una de origen estadounidense y otra venida de Holanda. Al parecer, el cuidado en la producción del sabor de esas marcas, y de conservación de sus características para asimilarlas a sus orígenes, tuvo en cuenta aquello que mencionaba Alzueta, la calidad del agua santafesina. Sin embargo, queda claro que las nuevas dimensiones de escala global de comercialización, producción y de migración de capitales financieros con sus inversiones, han llevado a que donde comenzó aquella historia de la vieja Cervecería Santa Fe hoy hasta la producción de cerveza tenga un toque transnacional.

 

 

Las balsas a Paraná

            En el extremo sureste del barrio, donde hoy aproximadamente se encuentra una empresa de venta y guardería de lanchas deportivas, estuvo uno de los puntos principales de atracadero del servicio (privado) de balsas entre Santa Fe y Paraná. Es más, en su momento fue una de las primeras empresas de transporte del Barrio Candioti. Se trataba de compañía con sede en la otra orilla propiedad de José Trápaga, donde había iniciado sus actividades en 1933. 

            Al poco tiempo, casi al comienzo de la década de 1940, la empresa habilitó su sucursal en Santa Fe, junto con el servicio de las balsas. El local de la empresa, según Gustavo Vittori, estaba en Sarmiento 2823, “próximo al amarradero de la balsa que tenía su acceso en su sitio ubicado entre los actuales clubes Regatas y Azopardo”.

 

 

Mercado Progreso

        Dice Dalla Fontana sobre la necesidad de establecer un mercado en el barrio en función del crecimiento y movimiento económico que se generaba con ambos ferrocarriles (el Francés y el Central Norte) que “Esta activa movilidad social dio lugar a que se buscara procurar un mercado con un sentido del abaratamiento de los comestibles para un barrio de trabajadores. En 1910 se presenta el proyecto al Consejo Deliberante para la construcción de un edificio para feria, hecho que recién se concreta en 1922, con la construcción del ‘Mercado Progreso’, frente a la plaza Pueyrredón”.

      A este mercado debe sumarse previamente la propuesta promovida por la municipalidad de “…hacer funcionar ferias callejeras, esto se concreta en distintos puntos de la ciudad. El objetivo era brindar la posibilidad de un mercado de compras en un solo lugar y a precios accesibles”. Así en el barrio “La ‘Feria Candioti’ funcionó a partir del 11 de mayo de 1917, todos los viernes, en calle ltuzaingó y Sarmiento (frente al templo San Juan Bautista). La aceptación que recibió en la barriada muestra que los puestos de ventas a las 8 quedaban sin mercaderías”.

   De regreso al edificio del Mercado Progreso se destaca que originalmente, en 1922, el predio donde fue levantado la construcción fue entregado en concesión por 25 años a Luis Coll, que lo inició como una actividad privada. Se llamó “Progreso S. A. Ltda. Santa Fe”, y abrió oficialmente sus puertas al público el domingo 1° de febrero de 1925, luego ocho meses de construcción, luego de haber colocado la piedra fundamental el 24 de junio de 1924. Desde el comienzo contaba con cinco cámaras frigoríficas subterráneas y unos 100 puestos, según reza el diario Santa Fe de esa fecha. 

      Para dar idea del emprendimiento vale citar el medio que describía que “Tienen acceso al interior del local los vagones destinado al transporte de los artículos de consumo. La construcción de estos desvíos fue ordenada y costeada por la Compañía Argentina de Tranvías y Fuerza Limitada”.

     Es decir, que al igual que en los otros mercados, Central, Abasto y luego el Norte, los tranvías ingresaban, en especial los venidos del matadero municipal con las medias reses colgadas en vez de pasajeros. También surge destacar que este mercado, que nació como privado, llevó la mencionado Coll un periplo de catorce años hasta poder concretarlo, y que todo había comenzado “…en épocas en que don Edmundo Rosas desempeñaba el cargo de Intendente Municipal, me presenté en forma ante él –decía el empresario al diario– solicitando la concesión para construir un mercado modelo en nuestra capital”. (Diario Santa Fe 1/2/1925)

      Por su lado, como se menciona en el Inventario del Patrimonio Histórico Arquitectónico Santafesino, “En una estructura global, Boulevard Gálvez (v)-Plaza-Mercado, se organizan tres elementos relacionados espacial y funcionalmente: paseo, recreación y comercio”. La resultante fue un edificio rectangular, de casi 30 metros de ancho por 80 de largo, con dos ingresos, el principal sobre calle Balcarce y el restante sobre Ituzaingó. Organizado internamente con un corredor central y puestos en sus laterales, con dependencias administrativas frente a la plaza y al contra frente las de servicios, el nombre no es casual de “Mercado Progreso”, en una barriada y una comunidad que albergaba en su actividad diaria aquel sentido del adelanto y la mejora económica y social.

         Más allá de haber sido un mercado de barrio, y de haber funcionado como tal, con los años cambió su destino hacia la actividad privada de una industria frigorífica, llamada Frigorífico Progreso, que al dejar de funcionar en 1961, la municipalidad toma posesión del edificio. A partir de ese momento estuvo abandonado por años, por lo que paulatinamente se fue deteriorando, situación que fue nota de reclamos de vecinos y no pocos artículos periodísticos. Ya en un tiempo más cercano, llegó a funcionar como depósito de vehículos retenidos, más conocido como Corralón Municipal.

          Ya en el Tercer Milenio, la Municipalidad de Santa Fe determinó la recuperación del Mercado Progreso como centro cultural, el que comenzó a ejecutarse por etapas, desde el frente a Plaza Pueyrredón hacia el interior. Según menciona el sitio web oficial “Su puesta en valor comenzó en 2010, con un programa para la restitución de sus balcones, ornamentos y su estructura de apoyo interna. La recuperación de su fachada, funcionó como nexo articulador entre la Plaza Pueyrredón y la nave central del edificio, que alberga en su interior la Casa del Bicentenario”. Ahora, devenido en espacio de arte, cada fin de semana se desarrolla la Feria de Diseño “Diseña Santa Fe”, junto a recitales y actividades artísticas de diverso orden. El proceso de recuperación no ha finalizado y resta por restaurar la fachada sur sobre Ituzaingó, que no obstante está contemplado realizar.

 

 

Obras Sanitarias

          La necesidad de contar con agua potable de red en la ciudad era evidente ante la tasa de enfermedades que afectaban, en especial, a los niños. Felipe Cervera recupera datos que ilustran esta situación, al recuperar lo observado por Floriano Zapata en 1898 cuando describía este aspecto de aquella Santa Fe casi en el comienzo del siglo pasado. Citando a Zapata que había realizado un detallado informe de la ciudad, Cervera expone: “Pero cuando entra al tema <Salubridad> su tono cambia: ‘Las cifras relativas a la mortalidad de la infancia son dolorosas. Sumadas las defunciones producidas por el tétano infantil, la meningitis, difteria, crup y otras… resulta que la mortalidad de éstos (los niños) representan más de un 50% de la totalidad de las defunciones> Y continúa: <No puede decirse, en verdad, que la ciudad de Santa Fe sea una de las capitales más sanas de la República Argentina, pues, a raíz de la <falta de declive de su suelo… las lluvias y las corrientes de aguas subterráneas mantienen una constante humedad… circunstancias que favorecen grandemente la exhalación de miasmas patógenas que desarrollan enfermedades reumáticas, del aparato respiratorio y de los órganos digestivos… Son muchas las víctimas que causan estas dolencias, a tal punto que se puede asegurar que de cada 100 defunciones… casi la cuarta parte reconoce estos orígenes>… Y Agrega, <cuando tenga Santa Fe un servicio de cloacas… cuando se levanten casas higiénicas, y se cuente con un buen sistema de agua potable, entonces los habitantes… estarán menos expuestos a los achaques y dolencias que hoy nos aquejan, y tendrán más probabilidades de disminuir los grados… de la mortalidad’”.

           En esa ciudad donde los servicios sanitarios no existían, el servicio de salud era dado por sólo trece médicos, según Felipe Cervera, uno cada 3.000 habitantes. En ese marco, la necesidad de contar con agua de red y cloacas era un pilar fundamental junto con efectores de salud pública. Para completar las razones de la importancia que un servicio de Obras Sanitarias se requería vale la pena repasar la descripción desde lo cotidiano que Cervera realiza en su libro “La Modernidad en la ciudad de Santa Fe”, cuando dice: “Conviene recordar que a 1900 la ciudad no tenía agua corriente ni cloacas. Se tomaba agua de aljibes y pozos, y muchas familias buscaban el líquido en el río. No había baños en las viviendas, tal como se tiene hoy, sino que sólo existían letrinas, ubicadas en el fondo del terreno donde se alzaba la casa. Únicamente las familias pudientes solían disponer de una habitación pequeña, donde colocaban palanganas para lavarse; eventualmente una tina para bañarse, la que se llenaba acarreando baldes. Por eso Zapata dice que la mayoría de los santafesinos no se bañaban hasta que comenzaba el verano, a mediados de diciembre. También algunas pocas familias, que disponían de recursos, ubicaban letrinas en el interior de la vivienda, sacando las deyecciones por cañerías hasta pozos sépticos construidos en los patios”.

      Como datos estadísticos es factible recupera lo relevado en 1904, que fue publicado en una Anuario Municipal de ese año. De regreso a las páginas del trabajo de Felipe Cervera se puede caracterizar que “En 1904 la Oficina Química Municipal inspeccionó 1.115 aljibes y pozos (de las aproximadamente 3.200 viviendas que había en la ciudad), y determinó que sólo el 29% de ellos contaba con agua en condiciones de potabilidad; y el 71% restante tenía aguas contaminadas. Para 1902 contaba agua de red sólo el nuevo Mercado Central (sito en la actual Plaza del Soldado), pues dada la necesidad de abundancia del líquido para la limpieza se le había tendido una cañería desde la usina Eléctrica…”.

      En tal sentido, las acciones para contar con este vital servicio se iniciaron efectivamente en 1904 cuando comenzaron los primeros trabajos para obtener agua de calidad para su procesamiento, y por ello se instaló una primera toma en el arroyo Ubajay, en San José del Rincón, con una cañería de impulsión hasta la planta en construcción en Barrio Candioti. Dice Vitori que “Completadas las tareas, la toma en cuestión quedó vinculada con la estación potabilizadora mediante un conducto de hierro fundido de 0,40 centímetros de diámetro y una longitud aproximada de 11 kilómetros. La planta de potabilización, entre tanto, había sido erigida en un predio de cinco manzanas instalado en el corazón del barrio Candioti, entre las calles ltuzaingó, Gdor. Candioti, Sargento Cabras, Lavalle, Mitre, Alberdi y Sarmiento”.

       El detalle de esas obras para proveer de agua potable a la ciudad comprendieron “En las tres manzanas del sector sur se construyeron los primeros decantadores y filtros lentos para atender a la clarificación y filtrado, mientras que en la parte que da a la calle ltuzaingó se instalaba la casa de bombas impelentes accionadas por equipos de vapor”. Un tema crucial fue siempre el cruce de la Laguna Setúbal y su desembocadura con la cañería de provisión.

           Se utilizó primeramente un puente de madera dura, “…formado por  36 tramos de 6 metros de luz y 4 centrales de 12 metros”, el que fue destruido por la crecida extraordinaria de 1905 y que estaba aproximadamente donde hoy está el Viaducto Oroño. Dice el citado autor que “De inmediato se puso manos a la obra para reemplazarlo. Así, en el mismo sitio, se levantó un pasaje que constaba de cinco tramos metálicos de 16 metros. Fue terminado en 1909, pero las creadas de 1912 tiraron abajo los tramos metálicos centrales. Los pilares, sin embargo, aunque un tanto desplazados, quedaron en pie. Los técnicos no dudaron en aprovecharlos. Se agregaron algunos pilotes y unas soleras para servir de apoyo a la cañería que funcionó en esas condiciones hasta que en la década siguiente se construyó el puente colgante”.

         En cuanto a la planta potabilizadora en el corazón del barrio, las instalaciones básicas estuvieron terminadas al final de 1904, “…con una capacidad de producción diaria de 13.000 m3, aptos para cubrir la demanda de 30.000 habitantes. Pala este servicio se contaba con el siguiente equipamiento: decantador de 10.000 m3, dos filtros lentos de 1.500 m2 de superficie, una reserva subterránea de 10.000 m3 de capacidad, un tanque metálico elevado de 1.000 m3 de capacidad y una estación de bombas impelentes a vapor”.

         En continuidad con lo expuesto en “Santa Fe en clave”, vale mencionar que “La red de distribución, puesta en servicio el 1º de octubre de 1907, sólo cubría un sector céntrico comprendido entre las calles Catamarca, al norte; 3 de Febrero, al sur; Belgrano, al este y Urquiza, al oeste. Por estar aledaña a la estación potabilizadora, también recibió el beneficio una parte reducida del flamante barrio Candioti. De modo, paralelo a la red de agua corriente, se efectuaron las obras cloacales, consistentes en la construcción de una cloaca máxima de 0,70 cm de diámetro en calle Urquiza que, desde Tucumán, conducía los efluentes del casco céntrico a una planta depuradora ubicada en la zona del Arroyo El Quillá con descarga final en el río Santa Fe. Esas obras se habilitaron el 1º de agosto de 1908”

         Pero luego, “A partir de 1910, sucesivas ampliaciones fueron extendiendo los servicios. Se incorporaron nuevas tomas de agua y los acueductos desde San José del Rincón y Colastiné, en tanto que el cruce de la laguna, después de las peripecias que hemos apuntado, quedaba solucionado con el puente-acueducto Ing. Marcial Rafael Candioti, hijo del pionero y presidente de aguas Corrientes de la Nación…”. Mucho después, y como consecuencia de la creciente de 1983 que produjo la caída del Puente Colgante, la cañería de toma de agua, ya únicamente vinculada a la toma del río Colastiné, fue trasladada en su cruce sobre la salida de la laguna al Viaducto Oroño, para permitir continuar con la llegada de agua dulce de calidad a la planta potabilizadora.

       Por su parte, Dalla Fontana aborda en su trabajo el importante tema de la provisión de agua potable para el barrio. “El servicio de distribución de agua a la ciudad –dice el investigador– comenzó el 1º de octubre de 1907. Hasta ese momento, la ciudad contaba con 30.000 habitantes, pero el área servida alcanzaba por el oeste hasta calle Urquiza, por el sur hasta “Camino del Paso” (hoy Avda. J.J. Paso). Por el norte hasta Suipacha (entre Urquiza y 9 de Julio) y hasta Bv. Gálvez (entre 9 de Julio y Alberdi), y por el este Alberdi (de Bv. Gálvez hasta Gdor. Candioti), Belgrano y el río Santa Fe”. Pero para que llegara el vital servicio público a Barrio Candioti, pese a estar en el lugar propio donde se asentaba la planta potabilizadora, hubo que esperar un poco más. Según Dalla Fontana “Uno de los obstáculos para que el barrio Candioti no recibiera en 1907 el servicio, fue la gran extensión de los terrenos baldíos, a cuyos dueños no se les cobraba la tasa por instalación. Esto hacía que, para las pocas viviendas dispersas en cada manzana, el costo de la conexión sea oneroso. Los primeros tendidos del desagüe cloacal fueron ejecutados en 1908, y el barrio incorporó a la red colectora 20 manzanas en 1913, cuando ya el área servida era de 130 manzanas”.

 

 

Plazoletas

            La presencia de las vías del viejo ferrocarril a Colastiné hicieron que el barrio tuviera en el proceso de urbanización algunos pequeños espacios remanentes. Por ejemplo, en 1991, se creó por ordenanza una pequeña plazoleta en el límite oeste de Barrio Candioti, entre Suipacha, Las Heras y el callejón Caseros, bajo el nombre de Moisés Lebenshon, quien actuó como destacado dirigente de la Unión Cívica Radical.

            Otra plazoleta, algo más grande y más conocida, es la que se ubica contigua a la Biblioteca Emilio Zola, y de allí su nombre. Este pequeño espacio verde está situado entre Marcial Candioti, Rosalía de Castro y el callejón Caseros, coincidiendo con el derrotero de las viejas vías al puerto de Colastiné. También fue creada en 1991, y como menciona Gustavo Vittori, “…rinde homenaje a uno de los grandes escritores franceses del siglo XIX. Humanista empedernido, Zola penetró como pocos en las venas de París para dar vida a sus personajes y conmovió al mundo entero con el manifiesto ‘Yo acuso’”.

 

 

Plaza Pueyrredón

       La plaza neurálgica del Barrio Candioti es la plaza Pueyrredón. Dice Dalla Fontana en su citado trabajo cómo poco a poco se transformaba el paraje, primero por el extremo este: “La dirección de plazas y paseos, en 1902, había instalado al final del bulevar un pequeño invernáculo para la provisión de plantas para la zona y la ciudad. Pensemos que para que subsistan los árboles y para el riego del paseo, se colocó un tanque distribuidor de agua, surtido por una noria tirada por un caballo”.

         Adentrándose en la historia de la plaza, el autor describe que “También cambiaba la fisonomía del Lago del bulevar, o “Placita del Lago” (antiguo horno de ladrillo), actual Plaza Pueyrredón, designada a partir de la Ordenanza del 6 de Octubre de 1910…”. Más adelante refiere, “En sus orígenes el sitio fue una cava resultado de la extracción de tierra para la elaboración de ladrillos. El lugar se transformaba en una laguna, de bordes variables, como consecuencia de recibir lluvias pluviales de la zona aledaña. Se formaba un verdadero lodazal, considerado una molestia y foco de enfermedad”.

        Otro tema, anclado a la memoria popular de los mitos urbanos, es una historia relacionada a un hecho trágico, “Una leyenda ronda los orígenes de la plaza: se dice que el lugar era frecuentado por lavanderas que acudían a lavar su ropa, y en una oportunidad un niño -que se bañaba- fue atrapado por un yacaré que se encontraba en el lago”.

        Sobre la inicial construcción del espacio verde vale recordar que se trató de la conformación más delimitada del “lago” y del levantamiento de una gruta en 1905. Sobre esta particular gruta Dalla Fontana menciona que “Para ingresar a la caverna existía un puente de cemento completado por una glorieta, un bosque de sauces y sus jardines”. También describe que “En un ángulo de la plaza se emplazó la figura de «Baco» (nombre que los romanos daban a Dionisio, dios del vino)”. Esta antigua placita del lago tenía problemas relacionados a su baja cota y la falta de desagües. “A pesar de que el lugar fue mantenido regularmente por e] municipio, –refiere el citado autor– como atractivo del paseo del bulevar, la falta de desagües del lago, y las variables lluvias pluviales hacían estragos, ya que inundaban toda la plaza. A fines de 1912, se reclamaba a la intendencia el pronto relleno del lago y la confirmación de una plaza con terreno plano”.

        En otro orden, y en cuanto al nombre del espacio verde, vale la pena como santafesinos reflexionar a la figura que se le rinde homenaje. Mientras en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no existe ni una cortada con el nombre de Estanislao López, la ciudad tiene en la Plaza Pueyrredón un recordatorio a quien fuera en los primeros años luego del alborear de Mayo Director Supremo. Pero para Santa Fe y su historia qué significó Juan Martín de Pueyrredón y su acción desde el Directorio centralista porteño. Pueyrredón según el sitio Web “El Historiador”, fue “Masón y liberal, ilustrado y unitario, nació en 1777, hijo de un adinerado comerciante francés y de una austera criolla hija de irlandeses. Como tantos otros patriotas del período, estudió en el Colegio San Carlos, antes de seguir su destino por Europa, Cádiz y París, estudiando el arte y la filosofía de la ilustración”.

      Pero en cuanto a su acción pública desde el Directorio para con los santafesinos y su ideal de República Federal y de su autodeterminación como provincia, determinó desde Buenos Aires las dos invasiones a Santa Fe, una de Viamonte y la más sangrienta y cruel, la ocupación de Eustaquio Díaz Vélez que dejó en ruinas la ciudad luego de ser sitiado por los santafesinos desde la campiña y obligado a retirarse a Buenos Aires. EN síntesis, se puede resumir que atacó a los partidarios del federalismo, con tres invasiones en Entre Ríos por ejemplo, y nombrando los gobernadores porteños adictos al Directorio. Vale recordar también, que al no poder doblegar por las armas al caudillo federal de la Banda Oriental, José Artigas, prácticamente favoreció la invasión portuguesa de la Banda Oriental, a costo de “perder” un territorio, pero a “ganancia” de frenar el espíritu Federal que “El protector de los pueblos libres” encendió entre otros en Francisco Ramírez y Estanislao López.

       En Santa Fe, la tremenda y sangrienta batalla del Gamonal, ganada por los santafesinos conducidos por el Brigadier López, puso fin a sus intentos de controlar el territorio y el devenir de Santa Fe. No sin sangre, muertes innecesarias, y acciones que llevaron a retrasar las aspiraciones santafesinas de ver plasmada una constitución de espíritu federal, tal como lo aseveran los “pactos preexistentes”, nombrados en el preámbulo de la carta magna, y que fueran logrados por López luego de las victorias bélicas en defensa del terruño y de su autodeterminación.

     Desde una visión diferente de la historia oficialmente instaurada y aceptada, y reproducida desde muchos ámbitos, muchas veces se oculta la gravitación santafesina y de Estanislao López en la construcción de la República Federal Constitucional. Los nombres de las plazas y calles que recuerdan a hombres de la historia nacional, algunos de los cuales como Pueyrredón, o Balcarce, invadieron, atacaron, mataron y robaron a los santafesinos, para que Santa Fe fuera un partido más bonaerense, se presentan como parte de ese olvido o negación. Tal vez, si se piensa que Mariano Vera, con los vecinos y blandengues, echaron al enviado de Pueyrredón, Díaz Vélez, de la ciudad junto con sus tropas, en el mismo momento en que se dictaba la Independencia en Tucumán. Como Mariano Vera, como Cosme Maciel (blandengue santafesino que enarbolara la enseña patria en Rosario ante Belgrano en la primer jura de la bandera), tal vez la plaza de Barrio Candioti tendría otro nombre que recuerda y hace honor a los prohombres de la historia provinciana, Republicana y Federal.

 

 

El Parque Oroño

    Si el Bulevar era el paseo obligado de las clases pudientes santafesinas al despuntar el siglo pasado, el Parque Oroño, con vista a la desembocadura de la laguna Setúbal y el comienzo del Río Santa Fe, era el corolario fluvial y de ese recorrido. Incluso antes que la silueta del Puente Colgante se levantara sobre las aguas, el Parque Oroño, construido en su primera etapa en 1905 bajo la intendencia de Manuel Irigoyen, formaba parte de esta postal de la Modernidad santafesina, y de allí al propio borde oriental del naciente Barrio Candioti.

        Caracterizado paseo santafesino, en palabras rescatadas de la publicación “Para Conocernos”, se puede mencionar que se trataba de un espacio verde con “Un prolijo trazado de los jardines, su pérgola, el jardín francés con la hermosa fuente, la caja armónica, grupos escultóricos, numerosos bancos de madera y bien cuidadas especies florales y variedad de árboles, dentro de un diámetro oval, caracterizaban al Parque Oroño ubicado al sur del acceso al puente Colgante, entre el murallón costanero y la calle Grand Bourg, teniendo como límite sur la prolongación ideal de la calle Ituzaingó, junto al Club de Regatas…”. Tenía ese aire costero y señorial, adornado de rumores de la isla pero también de los “Ford a bigote”, y de la banda de música de la Policía que una vez por semana tocaba en su caja armónica.

      La cercanía del río hizo que muchas veces fuera necesario repararlo, hasta que finalmente, en 1925, bajo la intendencia de José Urbano Aguirre, el municipio ejecutó un paredón, a modo de defensa costera, que se sostuvo hasta la gran creciente de 1966. Integrado al final del bulevar, y del luego llegado Club Regatas, el parque tuvo sus días de esplendor para el sentir el aroma de sus jardines, y del cómplice manto de su pérgola para los noviazgos de otro tiempo.

       A modo de recorrida se puede abrevar en las páginas del diario El Orden del lunes 19 de mayo de 1930 que en un pasaje de su crónica ilustrada por piezas gráficas dice “El parque, cobra a esas horas de la mañana (las diez) un aspecto interesante y singular a la vez: Numerosos paseantes surcan en amable cháchara sus pequeñas arterias bordeadas de césped confundiéndose en esa columna bullanguera y ruidosa representada por los numerosos escolares que hasta allí concurren y las ‘tenniswomen’ que se dirigen a los ‘courts’, próximos al parque. Una impresión de vida, de movimiento, de alegría satisfecha, honda y sin recato, es la que se observa en toda la latitud del parque, que contagiado por la sana predisposición de sus visitantes, pareciera remozarse al conjunto de ese espectáculo de vitalidad…”. (El Orden 16/5/1930)

        Esa época de esplendor del parque coincidió con la intendencia de Agustín Zapata Gollán (1932-1934), aquel que muchos años después en su tarea de historiador y arqueólogo, descubriera las ruinas de Santa Fe la Vieja en Cayastá.

        Un dato rescatado de los diarios habla que en el año 1932 prosperó una iniciativa para cambiarle el nombre al Parque Oroño por el de «Dr. Simón de Iriondo», a propuesta del entonces concejal Bobbio. En la misma sesión por ejemplo se propuso que a su vez la calle San Jerónimo trocara su nombre por el de «Dr. Nicasio Oroño», cuestiones que al parecer no prosperaron más allá de los proyectos. (El Litoral 1/6/1932)

         Eje central del Parque Oroño fue la fuente realizada por el escultor santafesino Baldomero Banús, ornamento que tuvo un periplo de varios años luego de 1966 para recalar finalmente en la puerta misma de la ciudad, sobre el acceso al Viaducto Oroño, frente a la Ciudad Universitaria, ya conocida como “Fuente de la Cordialidad”. Pero la historia de la fuente, antes de su colocación y luego de su remoción, fue bastante azarosa. Concebida en 1928, con su armadura principal de hierro, fue recién inaugurada e implantada en el parque, con el resto de sus ornamentos y sistema de impulsión de agua, el 12 de noviembre de 1936. Luego de ello, y una vez tomada la decisión de demoler el parque afectado por la inundación de 1966, y de construir en su lugar los accesos y distribuidores de tránsito del Viaducto Oroño, la fuente tuvo otra vez un peregrinar por distintos espacios de la ciudad que comenzó en 1968 con su remoción del lugar para trasladarla a la plaza aledaña a la Basílica de Guadalupe.

        Años después, la nota del diario El Litoral de 1972, daba cuenta de su derrotero. Luego de estar en la plaza Pascual Echagüe de Guadalupe  se le daba como destino los jardines del Parque Botánico “Lorenzo Parodi”, en avenida Gorriti, donde estuvo sin instalarse hasta 1978. En ese año, se tomó la decisión de colocarla en el ingreso a la ciudad por Ruta Nacional N° 168, hoy parte de la Autovía Santa Fe-Paraná, y para ello se restauró su antiguo esplendor, en manos del escultor santafesino Roberto Favaretto Forner. Finalmente, en marzo de 1979 se daban las terminaciones a la fuente que desde entonces está emplazada en el mismo lugar.

             En cuanto al viejo Parque Oroño en sí, las obras de defensa de 1925 soportaron las crecidas, hasta que llegó de 1966, una de las más importantes de la historia conocida del Río Paraná, crecida que terminó por erosionar esa protección hídrica e invadir el resto de los espacios bajos del espacio verde, efectos que se prolongaron hasta mayo de 1967 cuando los últimos tramos del murallón con la bajante cedieron. Luego llegaría el tiempo de la demolición, cuando se comenzó a construir el intercambiador y accesos contiguos al nuevo puente, obra licitada el 16 de mayo de 1967. De aquellos años quedan las notas gráficas, y de ellas por ejemplo, la del diario El Litoral de 15 de enero de 1968 cuando se destacaba que comenzaban los trabajos de demolición y remoción de elementos urbanos, ornamentales y árboles para erigir la conexión vial al nuevo puente. De ello, lo dicho, sólo se conservaría la fuente, la que en ese momento se pensaba colocar en Avenida Almirante Brown y Pedro Díaz Colodrero. Justamente, la demolición se finalizó con la remoción de la fuente en septiembre de 1968.

          En ese ejemplar el vespertino mencionaba que el parque tenía unos 30.000 metros cuadrados, y que tenía su “centro rodeado por un cerco de mampostería, con  entrada flanqueada por dos estatuas -había otras más- y entre ellas una de la Venus de Nilo, al pie de un álamo carolino, fueron plantadas casuarinas, álamos, jacarandáes y ligustros. Luego se pusieron en los jardines muchos colmados de rosas, con predominio de las rojas, y después la gran fuente, que se transformó en su característico adorno”. Y continuaba la descripción de un pasado que no volvería: “Algunos evocaran con nostalgia aquellos domingos en que, viajando en los flamantes tranvías de sonoros campanillazos o en Ios coches de plaza descubiertos llegaban hasta el parque, en cuyas orillas muchos gustaban las ricas sandias que portaban los botes allí estacionados…”.  (El Litoral 16/9/1968)

          Pero quien tal vez pueda llevar en las palabras las imágenes de lo que ya no está, es Juan Fernández y González, conocido como “El Bachiller”, que en el mismo medio escribió una de sus crónicas santafesinas sobre el Parque Oroño. “Un paseo de la tarde que se iniciaba en el barrio sur, residencia obligada de las familias tradicionales. Se prolongaba por San Martín y bulevar Gálvez, y culminaba en el parque Oroño. ¡Oh damiselas o nobles matronas que se cobijaban sus piernas con finos mantones para no ofrecer ninguna ‘nota pecaminosa’ a las miradas indiscretas de los paseantes de pantalón bombilla y galera! Quién le iba a decir a usted dulce, purísima abuela, que con el tiempo sus nietas o sus bisnietas se pasearían por San Martín con sus audaces minifaldas…”. Un pase que incluía unas granadinas en el Lawn Tennis, incluso para aquellos pibes de pantalones cortos. Y seguía el memorioso “Bachiller”, “Parque Oroño… Solíamos acodarnos a la baranda que daba a la Setúbal y dejar correr los ojos a la distancia. Las islas, la tupida arboleda, los ranchos misérrimos, y de pronto, allá lejos, el titilar de unos focos. Paraná… La costa entrerriana… y vuelta a soñar, y a dejar que se avivara el rescoldo de la anhelada aventura marinera. Y ya no era Paraná, no eran las luces de Entre Ríos. Eran las luces enceguecedoras del mismísimo Nueva York: eran las luces de los rascacielos de Manhattan. Parque Oroño… Otra tarde, una tarde de domingo que llevarnos grabada no en los ojos sino en los tímpanos, se difundió por el parque Oroño una noticia propalada desde el Club de Regalas: ‘¡Alberto Tuells ganó en el Tigre… ¡Tuells le ganó a Giorgio!…’”. (El Litoral 25/4/1971)

 

 

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