Barrio San Pantaleón – Historia

HISTORIA BARRIO SAN PANTALEON

El camino hacia el noroeste de la ciudad seguía por el antiguo Distrito Las Barranquitas, y costeaba el natural albardón de los bañados del Salado. El serpenteante curso de agua tiene uno de sus puntos más cercanos con el área poblada justamente en la zona del barrio San Pantaleón.  Es más, fue por este barrio, en la defensa inconclusa de calle Gorostiaga en el ingreso al campo de golf del Jockey Club, por donde comenzó a entrar sin freno el agua a la zona oeste y sur de la ciudad en 2003.

La zona de San Pantaleón, como vecinal, se encuentra delimitada por Blas Parera al este, al norte Estado del Israel (desde B. Parera al Río Salado); al sur Fray Cayetano Rodríguez y al oeste por el Río Salado. En aras de la reconstrucción de su historia, para esta tarea, se dejará para la zona de Villa Hipódromo, Ciudadela Norte y Piquete Las Flores, el tratamiento del Hipódromo Las Flores. En tal sentido, las calles del pasado para este trabajo sobre San Pantaleón tendrán como límite norte calle Gorostiaga.

Puestos en el territorio, la zona allá por fines del Siglo XIX, era conocida como el Distrito Las Barranquitas. El camino que iba por la orilla del bañado se lo conocía como el “camino de Aguirre”, que se había paso hacia el norte, allá por 1889 bajo la intendencia de Arzeno. Este camino, junto con los otros tres hacia el norte, a la sazón de oeste a este, Nogueras, Ascochingas y Guadalupe, formaban parte de esa primera planificación de extensión de la trama urbana, según José Pérez Martín en “Itinerario de Santa Fe”.  Luego, lo que hoy es Blas Parera, sería conocido simplemente como el “Camino al Matadero”, por la ubicación del primer matadero municipal en el norte de la ciudad.

Ese eje articulador, reforzado por el Ferrocarril a Las Colonias (luego Ferrocarril Santa Fe), más la extensión de la línea del Tranvía hasta el matadero y el cementerio municipal establecido a principios del siglo pasado, darían cuenta del desarrollo de la zona. Luego, el movimiento de vehículos, de carros al principio, luego pequeños camiones, hasta los de mayor porte por su cantidad de carga, darían con los años la -consolidación de Blas Parera como parte de la travesía urbana de la Ruta Nacional N° 11 y su vinculación hacia Las Colonias por Ruta 70, y más al norte, con las localidades nacientes a la par de la vía, en especial San Justo como primera importante. Se trata entonces de un proceso de crecimiento dual, entre el movimiento de personas, mercancías y vehículos, más la propia ocupación del espacio, con loteos y asentamientos de nuevos moradores en lo que se consideraba en el pasado la zona de “extramuros” de la ciudad.

En cuanto a los propietarios de la zona de San Pantaleón la primera referencia  aparece en un plano de Catastro de 1913. En la parte norte, donde se ubicaría luego el hipódromo figura un primer espacio a nombre de Galli y más hacia el sur otro, sin delimitar salvo por el “Camino al Matadero” bajo el apellido Pautasso. Después, por 1930, al sur del espacio que ocupará el Hipódromo figura un terreno a nombre de Juana Galli, con límite al oeste en Blas Parera, entre las calles de hoy Pasaje Sastre al sur y Gorostiaga al norte, hasta lo que hoy sería el tramo de Circunvalación que conecta con Gorostiaga.

De estos planos se desprende que el resto de la barriada, en especial la zona ocupada por los cementerios y el crematorio, seguramente eran parte de tierras fiscales a las que accedió el municipio. Vale decir que para esos años, en 1935, el límite norte de la “planta urbana” estaba dado por la prolongación este/oeste de calle Salvador del Carril, aproximadamente lo que sería hoy Milenio de Polonia en el barrio San Pantaleón. En esos mismos años no aparece el damero de las calles y manzanas, es decir, el barrio no figura como urbanizado, solo figura el espacio del Cementerio Municipal, que en ese tiempo incluía además al “Británico” y los dos de la comunidad israelitas.

Años después, para la mitad de la década de 1945, se ubica como una urbanización en la zona norte justamente el loteo de la antigua propiedad de Galli, en la que sean delimitado manzanas entre Gorostiaga y Pasaje Sastre – Aguado (de hoy), que lindaba con el terreno de la Cervecería Schneider, ello desde Blas Parera hasta Lavaisse. El resto del barrio San Pantaleón, es decir, entre la Cervecería y el Cementerio, y al oeste de la necrópolis, sólo tenía las primeras ocupaciones informales, con precarias viviendas, incluso ranchos confinados hacia los extramuros del camposanto hacia el bañado del Salado.

La dinámica de ocupación del barrio tuvo mayor planificación en la zona norte. Arrinconado entre la avenida y el bañado del Salado, el vecindario tiene marcadas diferencias en lo social e infraestructura. Va de suyo que el sector cercano a Blas Parera tiene mayor desarrollo, como así también el loteo con el Pasaje Sastre como eje, espacio autodenominado por sus vecinos como “Barrio Legislativo”, por el plan de viviendas desarrollado especialmente para empleados de la Legislatura, zona norte del vecindario donde además se levanta la Parroquia San Pantaleón.

En el resto del barrio la acción de Los Sin Techo, y la participación vecinal, han logrado trocar ranchos por viviendas de materiales en muchos espacios. Sin embargo, en las aproximadamente 26 manzanas de San Pantaleón conviven realidades muy diferentes en cuanto a lo social y económico de sus moradores. La suerte de calles, primero sin nombre, que se abrieron por el ir y venir de carros y personas entre el paredón oeste del cementerio y las zonas bajas de bañado, dan cuenta de estas diferencias históricas, en un sector que en otro tiempo supo pertenecer a la desaparecida vecinal Florida.

Así como en su origen el Cementerio Municipal marcó al barrio, luego lo hizo la industria cervecera instalada por Otto Schneider, frente a Blas Parera, entre Pasaje Sastre y Ruperto Godoy, aproximadamente. De todas maneras, y dado que el barrio al este de Blas Parera lleva el nombre del maestro cervecero venido de Alemania a Santa Fe, la historia de la cervecería, y de su propietario, se desarrollará en este trabajo cuando se aborde el Barrio Schneider, que contradictoriamente, su vecinal y límites comprenden un espacio que excluye a lo que fue el terreno de la Cervecería, ocupado hoy en San Pantaleón por un hipermercado mayorista.

Del Camino al Matadero a la Avenida Blas Parera

Una serie de acontecimientos dan surgimiento, y crecimiento, a San Pantaleón. Por un lado el establecimiento del Cementerio Municipal como el único espacio de la ciudad para la morada final de los difuntos. Por otro el hipódromo y la cervecería Schneider. Pero el viejo “Camino Aguirre”, luego Camino al Matadero, y más cerca en el tiempo, Avenida Blas Parera, fue el derrotero ineludible de la vinculación del barrio. Al oeste de la arteria se desarrolló la ocupación del espacio que conforma a San Pantaleón, en una estrecha franja contra los bajos del Salado.

En cuanto a la historia de la avenida se puede recordar que Blas Parera no sólo es importante para el desarrollo de San Pantaleón, sino además del noroeste de la ciudad de Santa Fe. En su momento también fue, más allá del puente Iriondo y de la zona del hipódromo, un trayecto obligado para dar con el antiguo camino hacia las Colonias, y que empalmaba más al norte con el “Viejo Camino a Esperanza”. La avenida fue por muchos años además la salida de la ciudad hacia el norte de la provincia, hacia San Justo, Vera y Reconquista, en especial con la consolidación como Ruta Nacional N° 11, hasta que en 2015 fue transferida esa jurisdicción federal a la Circunvalación Oeste.

Más allá de su importancia las obras de mejoras y ampliación debieron esperar muchos años para beneficiar la avenida. De pronto se puede inferir por los comentarios en los medios gráficos que para los años 60’ todavía Blas Parera, de Fray Cayetano Rodríguez hacia el norte, requería obras para su conformación como vinculación. Esto era por escaso ancho de la calzada, así se lo mencionaba en El Litoral en 1962 cuando se decía que “esta calle, mal llamada avenida, ya que de esto solo tiene el continuo ir y venir de vehículos, es la que registra el mayor volumen de tránsito de todo tipo a cualquier hora”. La calzada angosta se veía saturada de tránsito, entre los camiones con acoplados y autos, todos por “La angosta calzada, por donde tienen su entrada, hasta Estanislao Zeballos, todas las líneas de ómnibus que llegan del norte y del oeste”. A ello se sumaba, en barriadas de gente humilde, “un notable movimiento de motos, motonetas, carros y bicicletas, además de los peatones que, por carecer de veredas, optan peligrosamente por cierto, por transitar por la angosta cinta asfáltica”. (El Litoral 13/11/1962) En realidad existía un proyecto del municipio, postergado, de construir una “autopista de tres calzadas con sus correspondiente obras complementarias”, para ejecutar desde el Cementerio Municipal hasta el límite de la ciudad. (El Litoral 2/12/1963)

Para 1966 las obras se habían iniciado, desde Fray Cayetano Rodríguez, pero con demoras y complicaciones por la necesidad de ejecución de desagües y las inclemencias climáticas, en un año que tuvo una de las crecidas más importantes del Paraná. Sin embargo, al año siguiente, el vespertino local hablaba de la “Autopista de Blas Parera” y refería sobre la obra que “pudiéndose advertir frente al cementerio y en la curva ‘Roces” sendos carteles que anuncian o señalan que allí habría de realizarse tal obra. Y decimos ‘habría’ porque se trata de un proyecto del anterior gobierno municipal”. Al mismo tiempo puntualizaba que si no se llegaba a construir la autopista de tres calzadas al menos se ensancharan dos carriles por mano, y de paso, se repavimentara “ya que el estado de este camino acusa un considerable deterioro”. (El Litoral 12/2/1967)

La cuestión de los desagües complicaba el inicio de las obras en la calzada, y lo cierto es que resultaba difícil circular en tanto había desvíos por algunos trabajos de bacheo por los pozos existentes, con tramos de pavimento sin habilitar, otros por zonas de la banquina que en caso de lluvia se tornaba intransitable, allá por 1967, cuando se llevaban ya tres años de iniciado es estudio y proyecto de la “Autopista Blas Parera”, que todavía no había comenzado con el ensanche de la calzada. Recién en 1968 se anunciaba, luego de la adecuación de los proyectos con los desagües incluidos, la licitación de la “primera etapa” del ensanche de Blas Parera, “desde el Cementerio Municipal hasta el Hospital Psiquiátrico”. Bajo la intendencia de Ureta Cortés, el presupuesto oficial de la obra era de 560 millones de pesos. (El Litoral 8/2/1968). La iniciativa se financiaría con un aporte de los frentistas (20%), el municipio (30%), y el resto se buscaría el aporte del Gobierno Nacional por intermedio de Vialidad Nacional al tratarse de la Ruta 11.

Lo finalmente licitado difería del proyecto de “autopista”, en tanto se cambiaba a la tipología de “avenida”, para dar acceso a las calles transversales que ya evidenciaban un alto movimiento por la gran cantidad de familias asentadas. Como camino alternativo para despejar Blas Parera por las obras se proponía “extender” López y Planes hacia el norte de Fray Cayetano Rodríguez con un mejorado, lo que hoy sería Avenida Peñaloza, enantes conocido como “Camino Nogueras”. La licitación contemplaba la construcción de “dos calzadas de 10.50 metros cada una, separadas por un cantero central de dos metros. Además se levantarán obras de jardinería, habrá un sistema de señalización que incluirá signos internacionales, se ampliará la iluminación y se colocarán semáforos en lugares adecuados”, fisonomía que conservó Blas Parera hasta la construcción ya en el Tercer Milenio del Metrobus. (El Litoral 20/2/1968)

El proyecto vial fue elaborado por el Ing. Lauro Olimpo Laura, entre 1967 y 1968, y comprendía en total tres tramos: desde Bulevar Pellegrini al Cementerio (por lo que hoy es Avenida Presidente Perón); de Fray Cayetano Rodríguez al Liceo Militar (con intercambiadores a nivel en el Cementerio Municipal e Israelita, Avenida Gorostiaga como acceso al Hipódromo, Estanislao Zeballos y en el Liceo Municipal; y el tercero desde allí hasta el límite con Recreo. (El Litoral 4/7/1969) La licitación realizada en 1968, por el segundo trayecto, transitaría un tortuoso camino hasta su adjudicación en marzo de 1969 por un monto bastante mayo que el presupuestado, ya que alcanzó el contrato los 670 millones de pesos. (El Litoral 1/3/1969)

Para septiembre de 1969 se daban los primeros movimientos de obra, en especial en el norte donde los trabajos complementarios de construcción del desagüe a la altura de calle Gorriti que debían comenzar primero. Por este tiempo se esperaba la llegada de una maquinaria especial, importada, encargada de conformar en hormigón la nueva calzada, para incrementar el ritmo de ejecución. (El Litoral 21/8/1969)

En abril de 1970 se registraban avances con hormigonado de algunos tramos de la calzada, pero con retrasos en los tiempos previstos de ejecución, por “…falta de cemento durante algún tiempo, un conflicto gremial y sucesivas lluvias. Pero se va avanzando y numerosos obreros trabajan indiferentes al paso incesante de los vehículos”. (El Litoral 12/4/1970) En el mes de junio de 1970 se firmó el contrato por la primera sección de la obras, es decir, desde el Cementerio hacia el sur, donde sólo existía una especie de enlace mejorado por Vialidad Nacional en lo que era el viejo “camino al cementerio”, donde hoy se encuentra la Avenida Presidente Perón. (El Litoral 22/6/1970)

La obra avanzó, en especial entre el Cementerio y el Liceo Militar, con muchas dificultades, fundamentalmente presupuestarias. Los aportes comprometidos para su financiación desde el Estado Nacional y Provincial no habían sido entregados para 1971, por lo que el municipio comprometió parte de su coparticipación en un empréstito con el entonces Banco Provincial de Santa Fe. (El Litoral 29/3/1971)

Ese mismo año, en mayo, se daba “inauguración simbólica” al tramo de la Avenida Blas Parera ya concluido, y habilitado, desde Estanislao Zeballos hacia el norte, mientras que el resto continuaba en obras. (El Litoral 21/5/1971)

De todas maneras la obra tenía muchas dificultades para avanzar. En 1972 por ejemplo se reclamaba por la situación intransitable de la Avenida Blas Parera y Regis Martínez, frente al propio cementerio, con trabajos paralizados. Como consecuencia de estos atrasos de pagos de certificados y problemas de variado orden, finalmente la empresa contratista se retiró y dejó la obra inconclusa, con desvíos intransitables, y zonas inhabilitada, entre el empalme de Blas Parera y Fray Cayetano Rodríguez y Estanislao Zeballos. Así lo relataba El Litoral: “La situación debe merecer una inmediata atención por parte de los organismos técnicos de la municipalidad, que como consecuencia del retiro de la empresa adjudicataria de la obra, se ha hecho cargo de su terminación”. (El Litoral 22/7/1972)

Esta intervención del municipio llevó a que en agosto de 1972 se lograra habilitar en forma provisoria y con precaución la doble calzada, desde el Cementerio Municipal hasta el Hipódromo Las Flores. Si bien faltaban obras complementarias el tránsito local junto con la única salida hacia el norte de la ciudad por Ruta 11 quedaba con una circulación menos complicada. No obstante, faltaba por construir un tramo, de 300 metros en la mano a Recreo, en la calzada este, entre el hipódromo y la curva “Roces”, así mencionada por el vespertino. (El Litoral 7/8/1972)

De las crónicas de mediados de 1973 se desprende que si bien el pavimento de Blas Parera llegaba terminado hasta Fray Cayetano Rodríguez, hacia el sur, por lo que hoy es Avenida Perón, no estaba pavimentada ni era una avenida, al menos hasta llegar a Iturraspe. Para 1979 la situación continuaba igual, ya al sur de Barrio San Pantaleón, en Barranquitas Oeste, donde Blas Parera (hoy Perón), ya que seguía con la calzada de tierra, afectada por las crecidas de Salado, sin los desagües necesarios, desde el Cementerio Municipal hasta Bulevar Pellegrini. (El Litoral 5/3/1979) Esta situación provocaba además que todo el tránsito pesado de Ruta 11 tomara por López y Planes, con los problemas y deterioros ya descriptos en el capítulo de Barranquitas Este.

La necesidad de mantenimiento de la calzada fue una cuestión permanente. Además, luego de su habilitación a fines de los 70’, quedaron obras complementarias por concluir en la zona de San Pantaleón, y más al norte también. Una de las cuestiones pendientes del proyecto ejecutado a medias era la semaforización que estaba prevista y no se concretó.

En los años más cercanos, Blas Parera fue la avenida de Santa Fe en la que se aplicó una infraestructura urbana denominada “Metrobus”, proyecto ejecutado en la ciudad de Buenos Aires y otras ciudades de Conurbano durante la presidencia de Mauricio Macri y que encontró en la ciudad Garay eco para ser llevado adelante por etapas. Justamente, la primera parte del “Metrobus” santafesino se construyó en la zona de San Pantaleón, desde el Cementerio Municipal hacia el norte, entre los años XX y XX. Básicamente la propuesta de ordenamiento del tránsito urbano propone mediante la delimitación de carriles, dejar espacios exclusivos para la circulación de las unidades del transporte público urbano.

El sitio web de la Municipalidad de Santa Fe denomina al sistema como “Metrofé”, y describe que “Los trabajos del Metrofé implicaron la transformación total de un tramo de unos 6 kilómetros de Av. Blas Parera, y demandaron una inversión superior a los $ 137 millones”. Asimismo se destaca que “La obra, que abarca desde Fray Cayetano Rodríguez hasta Teniente Loza, contempla una calzada exclusiva para los colectivos y doble calzada para los particulares; y la construcción de las 30 paradas -15 en cada sentido- para que los usuarios puedan ascender y descender de los colectivos, de manera segura y ordenada. Asimismo, cuenta con una bicisenda, sendas peatonales demarcadas y semaforización a lo largo de todo el trayecto. La remodelación incluye también, la transformación del antiguo sector que contaba con el formato de ruta, incorporándolo a la nueva fisonomía”.

Desde la gestión que tuvo al frente a José Corral se destacaba que el Metrofé tenía, entre otros beneficios, un menor tiempo desde de recorrido para los colectivos, con “estaciones accesibles, confortables y seguras” y además “semáforos peatonales exclusivos en cada parada”. Las obras de remodelación de Blas Parera comenzaron en septiembre de 2015, y pese a que el plazo de ejecución tenía como final noviembre de 2016, por diversos motivos la terminación del Metrofé fue en mayo de 2017, más precisamente el 3 de ese mes en la rotonda de calle Gorostiaga, con la presencia del entonces presidente Macri, el gobernador de Santa Fe Miguel Lifschitz y el intendente José Corral.

Si bien agilizó el movimiento de las unidades de transporte tuvo algunas críticas de los conductores de vehículos livianos y pesados, como así también de los comerciantes frentistas, que en la mayoría del trayecto por Blas Parera, del Cementerio hacia el norte, perdieron la posibilidad de estacionamiento, con cruces de un lado al otro de la avenida muy espaciados, en especial por la falta de giro a la izquierda en muchas intersecciones.

El Metrobus santafesino contiene la circulación de siete líneas de colectivos (N° 1, 1 bis, 3, 5, 9, 15 y Recreo), sobre 5,7 kilómetros de recorrido, con 15 pares de estaciones cada 400 metros aproximadamente.

Vecinos organizados

En algunas ocasiones las vecinales, como instituciones representativas de los moradores de un barrio, no alcanzan a dar cuenta de las necesidades de todos los vecinos bajo su jurisdicción. Ello produce que algunas barriadas, incluidas en una vecinal más grande pero ubicada en sector distante de la sede, quede como relegada de las acciones. El caso de San Pantaleón, como vecinal, parece seguir este camino.

El sector originalmente pertenecía a la desparecida vecinal “Florida”, y fueron los propios vecinos, encabezados por Juan Bautista Dávalos, los que dieron origen a la Asociación Vecinal San Pantaleón, cuya sede se encuentra ubicada sobre calle Milenio de Polonia y Pasaje Público, es decir, en el centro geográfico del barrio, al noroeste del cementerio. Para un barrio que a pocas cuadras de Blas Parera tiene todavía muchas necesidades lo que redundan en el pedido de mejoras en pavimento para las calles, la recolección de la basura, también por mayor seguridad. Pero, como en otras instituciones barriales, además se desarrollan diversas actividades como boxeo, clases de apoyo escolar y manualidades. 

Como se mencionó, uno de los fundadores de la vecinal “San Pantalón” fue Juan Bautista Dávalos, que llegó al barrio en 1987 y formó parte de la comisión directiva por muchos años. A fines de los ‘80 Dávalos, junto a un grupo de vecinos, reclamaron al municipio que se taparan las cavas al oeste del barrio, al mismo tiempo de pedir que no se depositara más basura para rellenarlas.    Esas gestiones dieron sus frutos, a los cinco años de la compactación de esos terrenos se comenzó a lotear la zona.

En un barrio con muchos asentamientos informales, en 1988 ya había 33 ranchos. Por este motivo, como referente de la vecinal, Dávalos llamó al padre Atilio Rosso de “Los Sin Techo” para reemplazar los ranchos por casas de material. Es así como, con la mano de obra de veinte vecinos que tenían planes en ese entonces los planes “Trabajar”, se construyeron en sólo seis meses las casitas.

La vinculación de la vecinal San Pantaleón con el movimiento social continuó de manera muy estrecha. Así, en las reuniones que se realizaban en la nueva sede de la vecinal, se decidió hacer un jardín maternal junto con el movimiento “Los Sin Techo”. De esta manera, en la esquina de Estrada y Regimiento Martínez, se levantó el “Jardín de Infantes Monigotes”.

La vecinal de San Pantaleón continúa en el inicio de la segunda década del Tercer Milenio con su tarea de buscar mejoras para su barrio, con actividades de ayuda social, que incluyen además una copa de leche solidaria y un comedor comunitario para los vecinos más pobres del barrio.

La fe presente en el barrio

Pese a ser un barrio pequeño, con menos de 30 manzanas, San Pantaleón desde su nombre tiene vinculación con la grey católica y la fe. Justamente, este santo nació en Nicomedia, a fines del siglo III, una ciudad de Turquía que hoy lleva otro nombre a orillas del Mar Negro. San Pantaleón es el patrono de médicos y enfermos, y protector de hospitales. Dice la historia que a principios de los 80’, el cura Luis Dusso, en su acción pastoral desde la comunidad de Lourdes (en Fray Cayetano Rodríguez), caminaba el barrio y encontró en la devoción de los vecinos por San Pantaleón la excusa perfecta para establecer un espacio para la fe en el norte del vecindario.

Así nació, la Capilla de San Pantaleón en 1982, de la mano del Padre Luis Victoriano Dusso y un grupo de vecinos creyentes. Como lo menciona El Litoral en una de sus crónicas barriales “El proyecto llevó su tiempo: hubo que levantar el terreno y juntar el dinero necesario para construirla”, en Lavaisse 4600 donde se erige su templo.

El vespertino santafesino conversaba con uno de esos vecinos devotos, fundadores de la parroquia, Aniceto Ojeda, que recordaba que tenían una imagen de San Pantaleón, “pero no tenían dónde presentarla ni dejarla”, y hubo que la guardó durante siete años en su casa mientras se construía la capilla. Sobre el templo reproducía el diario en 2013: “Si bien el edificio es modesto, su importancia para los creyentes y los vecinos es inmensa. Esta zona del barrio es pequeña, de una cuadra de ancho por cuatro de largo. Sus habitantes son personas humildes y trabajadoras que todos los 27 de junio reciben a fieles de toda la región, que llegan para rendir homenaje al santo protector de los desvalidos. En esos días la capilla recibe la mayor cantidad de donaciones, muy necesarias porque cuenta con pocos ingresos. No obstante, la sede de Cáritas sita en la Parroquia de Lourdes suele colaborar con ella”.

Más allá del día de San Pantaleón en junio, todos los 27 la capilla realiza una misa especial, y como acontecimiento convocante de visitantes devotos, refuerza la recepción de alimentos y ropa para su acción caritativa en el barrio.

El Cementerio Municipal, los cementerios

Uno de los aspectos ineludibles para una comunidad es el lugar para el destino final de sus difuntos. Más allá de las creencias la necesidad de contar con un espacio para los fallecidos se impone como un tema de planificación para el desarrollo de la una ciudad. Pero ese crecimiento en el territorio de una comunidad se encuentra atravesado a lo largo de su historia por creencias, pareceres y prácticas culturales en torno de sus muertos. En este punto es atinente recuperar parte de uno de los capítulos de la publicación de El Litoral denominada “Santa Fe en Clave”, que bajo la pluma y erudición del Arquitecto Luis María Calvo, se desarrolla la historia de los cementerios de la ciudad hasta llegar a la necrópolis ubicada en San Pantaleón, antes llamado como el “Cementerio de Las Barranquitas”.

Dice Calvo en el capítulo “Las puertas del cielo” de la mencionada publicación, “Consustancial a la naturaleza humana, los días finales de vida terrena suelen ser la ocasión en que los individuos y los grupos sociales ponen en mayor evidencia su relación con los grandes interrogantes de la existencia. Igualmente, desde los tiempos más remotos, los sepulcros suelen revelar acerca de la vida e las sociedades más que los remanentes de su cotidiano trajinar”.

En el apartado respecto a los cementerios el arquitecto Calvo expone: “Durante el período colonial, fuera del recinto de las iglesias, pero en sus terrenos inmediatos, hubo algunos pequeños cementerios, como el de la Compañía de Jesús, en una lonja sobre la actual calle General López; el de la Matriz, en un angosto terreno entre la iglesia y la casa parroquial y el Convento de Santo Domingo, a espaldas de los muros de su templo.

De todos modos, el uso de los espacios interiores de las iglesias para sepultar cadáveres y la ubicación de sus cementerios en medio de las partes más pobladas de las ciudades comenzaron a ser cuestionados por los funcionarios ilustrados de la segunda mitad del siglo XVIII, que se hacían eco de los avances de la ciencia médica y del higienismo.

Una Real Cédula de 1789 ordenaba la construcción de cementerios fuera de la traza urbana ‘en salvaguardia de la salud de los habitantes de América’. Cinco años más tarde, idéntico mandato real era relativizado por el Cabildo porteño con el argumento de que los vientos locales favorecían ‘que los efluvios se esparzan y no perjudiquen a sus habitantes’. Sin embargo, en 1796 las autoridades capitulares de la Ciudad de Santa Fe dejan asentado las pésimas condiciones de salubridad provocadas por los entierros en la Iglesia Matriz (hoy Catedral); ‘…de tan corta extensión que por la muchedumbre de difuntos que se entierran en ella, en tiempos de verano no se puede aguantar en ella por la putrefacción de tantos cuerpos, que aunque se abran las sepulturas más antiguas siempre salen los cuerpos, sin acabar de pudrirse’.

Así como en la capital del Virreinato se demoraba la aplicación de las órdenes reales y la recomendación de los higienistas, en las provincias las viejas costumbres continuaban arraigadas con igual fuerza.

A sugerencia de Manuel Belgrano, la Junta de Gobierno de 1810 dispuso ‘desterrar el abuso de enterrar los cadáveres en los templos’ y en 1815 el teniente de gobernador de Santa Fe insistía en la necesidad de terminar con esa ancestral costumbre teniendo en cuenta el prejuicio que causaba a la salud pública.

Mientras se continuaba con esa práctica, en Santa Fe comenzaron a aparecer los primeros cementerios. El primero, todavía a poca distancia de la Plaza fue un cementerio parroquial que funcionó entre 1813 y 1825 en el predio de la antigua y abandonada Iglesia de la Merced en la esquina Sureste de las actuales calles 9 de Julio y Monseñor Zaspe.

Desde 1826 por primera vez existió un cementerio alejado de la población junto a la capilla de San Antonio (actual manzana del Colegio Simón de Iriondo). En 1830, por orden del brigadier López, su predio se amplió y se convirtió en Cementerio General, y en 1851 en Cementerio Público. Por esos años los terrenos de San Antonio ya habían sido absorbidos por el crecimiento de la traza urbana.

En 1866 el Gobernador Nicasio Oroño, debido a una epidemia que asoló a Santa Fe, decidió la construcción de un nuevo cementerio público alejado definitivamente de la población, en una manzana ubicada al oeste de la capilla de Guadalupe. Ese mismo año se dicta una ley que pone a los cementerios públicos que hasta ese momento dependían de la Iglesia Católica, bajo la jurisdicción de las municipalidades.

Seis años más tarde, en 1872, el Gobernador Simón de Iriondo dicta una nueva ley que, entre otras cosas, autoriza a los diversos cultos a tener su propio cementerio. Haciendo uso de esa habilitación se forma una comisión que decide la construcción del Cementerio Católico en un terreno de tres manzanas en la zona donde actualmente se encuentra el Parque Garay.

En 1892 fue habilitado otro cementerio en Las Barranquitas –mucho más pequeño que en la actualidad–, con la denominación de Cementerio Municipal, que se convirtió en el único de Santa Fe tras la clausura de Cementerio Católico en 1904 y el de Guadalupe en 1905. Más tarde, en Barranquitas fue autorizada la instalación de otros cementerios según los credos religiosos: el Israelita (1895), el Británico y el Israelita Latino”.

En particular sobre la necrópolis de los devotos de la estrella de David, vale rescatar lo mencionado por Felipe Cervera en su libro “La Modernidad en la ciudad de Santa Fe 1886-1930”, cuando describe que fue “…fundado en 1895, levantado en un terreno vendido por la Municipalidad, entre el cementerio Municipal y el río Salado. Este cementerio era (y continúa siéndolo) de fieles de la comunidad sefaradí. Luego el 1 de octubre de 1916, los judíos aschkenasíes (que llegaron e incrementaron su presencia a partir de los últimos años de la década de 1890, hasta convertirse en la mayoría dentro de la comunidad) fundaron el Cementerio Israelita, inmediatamente al norte del Municipal”.

En el final del capítulo anteriormente citado el arquitecto Luis María Calvo orilla la actualidad de este tema al concluir que “Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX el cementerio fue concebido como la ciudad de los muertos y en él se tendía a reproducir la de los vivos, con sus calles principales y secundarias y pequeñas manzanas cubiertas de bóvedas a semejanza de las moradas terrenas. En las últimas décadas, sin embargo, la adopción de modelos culturas anglosajones también ha penetrado en las costumbres funerarias, y los santafecinos de hoy prefieren los espacios parquizados con amplios y cuidados prados verdes, en los que en contacto con la naturaleza se busca evadir aquella noción de muerte que trasuntaban las bóvedas con sus figuras agobiadas por el dolor y sus columnas truncadas como símbolo de la vida cegada”.

Como espacio referente de la comunidad el Cementerio Municipal ha sido motivo de numerosas publicaciones en los medios gráficos de la ciudad. Para 1917 se daba cuenta en el diario Santa Fe que los “seis peones con que cuenta, son pocos”, y ello porque además de mantener abierta la necrópolis durante ocho horas diarias debían realizar el mantenimiento de todo el lugar. Por ese tiempo también el reclamo se extendía al mal estado del “camino del cementerio”, que era de tierra y seguía el actual derrotero de la Avenida Presidente Perón, desde el fin de Bulevar Pellegrini hasta Fray Cayetano Rodríguez. (Santa Fe 3/11/1917)

La ampliación del cementerio ha sido uno de los temas recurrentes a lo largo de su historia. En 1929 el intendente Costa determinaba la construcción de nuevos nichos “en razón de quedar disponible la reducida cifra de noventa”, destacaba el diario El Orden. (El Orden 14/2/1929)

Una fecha convocante de público a visitar sus seres queridos es noviembre, en los primeros días del mes, cuando se celebra el “Día de los Muertos”, según una tradición de origen mexicano. Ante la afluencia más importante cada tanto se realizaban algunas mejoras para esa fecha, con limpieza y arreglo de caminos y jardines interiores, con la reposición de bancos tipo de plaza (unos 40), que habían sido retirados el año anterior. Por ejemplo, así se hizo en 1930 cuando, según El Litoral, “Como es de costumbre al aproximarse el Día de las Ánimas, se procura darle al cementerio, un aspecto bueno dentro de su carácter de mansión triste”.

En ese momento el Dr. Zapata Gollán era Secretario de Obras, Higiene y Seguridad del municipio, funcionario que exponía como un proyecto a concretar la construcción de un horno crematorio para evitar la disposición final de restos en un osario luego de ser retirados de las sepulturas por antigüedad o falta de pago del uso de los nichos. También se mencionaba en el vespertino que ese horno tendría por finalidad quemar los residuos y basura de la limpieza del interior del cementerio, que hasta ese momento, “…se arrojan detrás del mismo, por las barrancas, a los terrenos bajos de la costa del río Salado”. (El Litoral 24/10/1930).

De esta cita se desprende que la zona al oeste del camposanto no estaba poblada y que desde allí al río quedaba poco terreno. Justamente, vale decir que en toda la zona oeste de San Pantaleón, antes de la rectificación del cauce del Salado hacia el puente de la autopista Santa Fe-Rosario, el río daba una amplia curva que se acercaba notablemente hacia la avenida Blas Parera, los fondos del cementerio y la zona norte de Barranquitas. Esa “curva” del río quedó luego cortada completamente por la construcción de la Circunvalación Oeste Tramo II, entre la Autopista y calle Gorostiaga, y hoy forma parte de la zona de reservorio que pone justamente límite oeste al barrio San Pantaleón.

En 1934 surge la primera iniciativa de construir un sector de nicho a perpetuidad para ser vendidos. Esta propuesta, enviada al Honorable Concejo Municipal por el entonces intendente Agustín Zapata Gollán tenía como objetivo evitar la mora y reducción de restos por falta de pago al vender los espacios a perpetuidad, construcción que sería solventada con esa venta “que releva a la Municipalidad de toda erogación siendo ello otro los puntos ventajosos”. (El Litoral 27/10/1932)

Para 1948, los ediles locales trataban y aprobaban una ordenanza que donaba una parcela del cementerio a la Sociedad de Vendedores y Repartidores de Diarios y Revistas de la ciudad, con miras a la construcción del “Panteón del Canillita”. Refería el concejal Arzamendia en su argumentación, citada por el diario, que “nunca podía hacerse una donación más justa y ponderó el trabajo de sacrificio que realizan los vendedores de diarios, que constituyen el gremio peor remunerado y más olvidado”. (El Litoral 27/6/1948)

La necesidad de ampliación de capacidad en el camposanto de Barrio San Pantaleón fue un tema recurrente que periódicamente requirió inversiones del municipio para concretarlas. En 1957, por ejemplo, se inició el proyecto de construcción de dos pabellones de nichos, por un total de dos mil espacios para sepulturas, uno con galería y otro a cielo abierto. En especial el conjunto con galería buscaba “otorgar comodidades al público, pues contará con una amplia galería en toda su longitud que se unirá a las existentes permitiendo transitar por todo el cementerio a resguardo de las inclemencias del tiempo”. (El Litoral 9-9-1957)

Al año siguiente, y para dar cuenta de esta necesidad impostergable de permanente aplicación de sepulturas, el mismo medio reflejaba por un lado las obras detenidas, con atrasos por la falta de cemento que se evidenciaba en el país, pero al mismo tiempo exponía la difícil situación con la acumulación de ataúdes en la capilla a la espera de ser sepultados. Al respecto vale rescatar las cifras expuestas en la publicación de El Litoral que menciona, de boca del administrador de la necrópolis, que alcanzaba una demanda de 1.500 nichos anuales, y que “el problema se agrava todos los años para los meses de junio y julio, cuando término medio hay diez sepelios por día”.  (El Litoral 14/12/1958)

Al tiempo, en 1960, una nueva iniciativa del Ejecutivo Municipal se presentaba en el Concejo para aprobar la licitación de una nueva construcción de nichos, en este caso de 4.500 unidades. (El Litoral 6/12/1960)

Un acontecimiento, que a la distancia del tiempo puede parecer menor o anecdótico, fue un hecho que luego en los años recientes se repetiría aunque con otras características. Por 1963, fueron arrojados féretros y restos humanos a los bañados del Salado, detrás del cementerio, donde ya existían “modestas viviendas”, al decir del editorial de El Litoral. Al parecer, semejante actitud, ordenada o espontánea, era el resultado del poco espacio para inhumaciones, con menos lugar todavía para sepulturas en tierra para aquellos familiares sin posibilidades económicas o disponibilidad de un espacio familiar donde dejar sus difuntos. En ese escrito surgía como una solución, nuevamente, la construcción del crematorio, alternativa que tuvo que esperar muchos años más todavía. (El Litoral 20/9/1963) Al año siguiente, el municipio daba por adjudicada otra licitación para construcción de otros 4.000 nichos. (El Litoral 20/7/1964)

Para la crecida del río Salado de 1973, así como todo el cordón noroeste de la ciudad, también el Cementerio Municipal estuvo en serios problemas. La defensa construida para proteger a Barranquitas Oeste seguía hacia el norte por detrás de la necrópolis, entre los muros del camposanto y el bañado inundado de un Salado desbordado. Pero en este espacio había ya casas, vecinos pobres asentados detrás del cementerio que ahora quedaba anegados por las lluvias que se producían, el desagote de las calles al este, y del precario terraplén que los protegía del Salado. En una época en donde no había reservorios, ni estaciones de bombeo, las pocas bombas arroceras disponibles se concentraban en otros sectores más “céntricos”, sacando agua hacia la periferia. Nuevamente el tradicional vespertino en formato “sábana” describía la difícil situación: “En las proximidades del cementerio municipal puede advertirse que hay algunos lugares donde la amenaza es seria. Debido a las lluvias se ha producido el desplazamiento de tierra y si la creciente del Salado sigue en aumento la amenaza, indefectiblemente, habrá de concretarse”, cosa que finalmente ocurrió más al sur en Barranquitas. También el diario puntualizaba que los evacuados de las casas –y ranchos– anegados en Barranquitas Oeste se refugiaron “Junto al muro norte del cementerio”. Se trataba de 65 familias a las que “se les entregaron postes de sauce y chapas de cartón alquitranado, pero no así alambres ni clavos”. (El Litoral 4/3/1973)

En referencia con cementerio vale la pena abrevar en otro editorial del diario fundado por Salvador Caputto el mismo año de 1973. Esta vez se retomaba la falta de espacio pero se describía parte de la historia, y de la ocupación de los terrenos destinados no sólo a la necrópolis del Estado Municipal. Se decía al respecto que “Como es sabido, dentro de las casi ocho manzanas destinadas al camposanto municipal, se hallan incluidos los espacios que ocupan los cementerios británicos y el de la comunidad israelita latina (por algún tiempo denominados ‘disidentes’). Por su parte, las calles y pasajes necesarios para el desenvolvimiento de la pequeña ciudad donde se evoca con reverencia a nuestros muertos, comprenden algo más de dos manzanas. Por lo que la superficie útil prevista para los panteones, bóvedas y nichos se halla reducida a unos 55 o 56 mil metros cuadrados, dentro de los que la comuna levanta 500 nichos anuales”. (El Litoral 13/8/1973) Estos datos revelan entonces que hubo dentro del mismo predio, tanto el ahora separado ediliciamente Cementerio Israelita, otro denominado “Británico”. 

Del mismo escrito, bien fundamentado en datos, surge que en septiembre de 1964 el Concejo Municipal había aprobado llamar a licitación para construir el crematorio, iniciativa que ya venía impulsada con ordenanzas en 1933 y 1939, recordando a Zapata Gollán como impulsor como secretario e intendente en esas dos oportunidades. Pero cuestión que también se trató en 1950 y 1964.

Para 1976 la necrópolis ocupaba nuevos titulares, con pieza gráfica incluida, con dantescas imágenes que daban cuenta de una reiterada situación. La disposición de ataúdes y otros elementos removidos de tumbas por falta de pago, y la consecuente disposición de los restos en el osario. La nota decía se encabezaba con el título “El penoso estado de conservación del cementerio debe llamar a la reflexión”. La foto ilustraba un espacio con féretros abiertos esparcidos y maleza en los enterramientos en tierra que tapaban las humildes cruces de madera o material, y el pie de la primera mencionaba “el sector destinado a depósito de ataúdes descartados, muestra la desidia existente, junto a restos de coronas y flores putrefactas”. En la recorrida el cronista dialogaba con los trabajadores del camposanto y uno de ellos mencionaba la falta de más personal: “Somos apenas 8 los obreros que trabajamos en todo el cementerio; no tenemos herramientas ni elemento adecuados para trabajar…”. El director de cementerio de entonces decía que todo el personal disponible era de sólo 27 empleados. (El Litoral 6/2/1976) Meses después esta lamentable situación comenzaba a revertirse con varias intervenciones de limpieza y arreglos. (El Litoral 9/4/1976)

El Crematorio Municipal, que quedó ubicado en un predio independiente entre Cementerio del municipio y el Cementerio Israelita, fue una solución para comenzar reducir la necesidad de permanente ampliación de la necrópolis. En el último tiempo, el crematorio junto al surgimiento de los cementerios privados, sumó una alternativa más para los deudos de elegir una morada final para sus difuntos.

En el umbral de la historia más reciente aparecen dos acontecimientos que involucran al cementerio y su estado edilicio y de mantenimiento. El primero fue en 2003 la inundación evitable de la ciudad de Santa Fe por la crecida del Salado en abril de ese año. La parte oeste del predio fue cubierta por las aguas, con las consecuencias lógicas que un anegamiento de este tipo puede tener tanto en tumbas en tierra, como en pabellones de nichos, bóvedas y panteones.

Luego, en enero de 2015 se produjo un importante derrumbe en la sección 126. Al parecer por un socavón en las fundaciones de un pabellón ubicado a unos 150 metros hacia el sur del oratorio del Cementerio, cedió una de las paredes. Así se desplomaron unos 130 nichos de ese pasillo. Ello derivó en la clausura del cementerio por unos días hasta recuperar la situación. Luego, como lo menciona El Litoral en una crónica de la época, “Un primer análisis de la Dirección de Edificaciones Privadas del municipio indicó que el derrumbe se produjo por un socavón en la pared que sostenía la losa de esta sección que, agregaron, fue una de las más afectadas por la inundación del río Salado en 2003”. (El Litoral 11/1/2015). En la misma publicación se informaban algunos números relacionados al cementerio, como que poseía unos “46.000 nichos hay en el Cementerio Municipal, contando los pequeños, los grandes, las urnas y los columbarios. Distribuidos en un total de 164 secciones”, con aproximadamente unas 3.200 inhumaciones por años, según registros oficiales.

Para 2016 estaba colmada la capacidad de nichos. Si bien el aumento de las cremaciones había subido del 20% a casi la mitad de las inhumaciones, ante la necesidad de demoler secciones añejas con la pérdida de unos 3.000 espacios, la alternativa de nuevos pabellones, refacciones, y arreglos, como por ejemple en el Oratorio que se encontraba clausurado por el mal estado, daba muestra de la necesidad de inversiones.

Fuera de la necrópolis, aunque vinculada a ella, se estableció un espacio verde, sobre Blas Parera, casi en su intersección con Fray Cayetano Rodríguez. Se la denominó como “Plazoleta Isabel la Católica”. El cementerio, como ámbito convocante desarrolló un movimiento de vehículos, transporte y personas singular. Los espacios contiguos, en especial frente al ingreso a necrópolis, fueron también motivo de intervenciones y reclamos por mejoras. Desde los puestos de ventas de flores hasta la propia plazoleta en Blas Parera y Fray Cayetano Rodríguez. El Orden, en sus habituales recorridas por los barrios, daba cuenta sobre el espacio verde que “Los árboles que existen se hallan bien desarrollados y ofrecen bastante sombra a quienes frecuentan el lugar, pero sin embargo, en esa plazoleta los bancos no aparecen por ningún lado al igual que las plantas de adorno”. Y prescribía el medio, “La construcción de veredas, la instalación de bancos y el trazado de jardines, con árboles de ornato y flores, ha de contribuir a que en breve plazo, se transforme esa placita, la que vendrá a ser, un motivo de orgullo para todos los vecinos. Con tales reformas y mejoras, el aspecto de las adyacencias de la necrópolis saldrá favorecido”. (El Orden 18/4/1947)

Esta plazoleta finalmente llevó el nombre de “Isabel la Católica”, y fue construida en el marco de la obra de ensanche de la Avenida Blas Parera, bajo proyecto del Ing. Lauro Laura.

Los otros cementerios dentro del cementerio

Dentro del terreno de la necrópolis municipal se ubicaron otros tres cementerios. Uno de ellos fue el “Israelita Latino”, que al parecer se encontraba contiguo al muro oeste del municipal, y según la crónica del diario El Orden, “Tiene acceso por la entrada general del primero y no es visible desde él sino después de trasponer su límite del poniente. Existe allí una tapia con frente al sud y un pequeño portón”. El ocasional cronista profundiza y trasluce sus sensaciones, cuando dice “se experimenta una sensación de silencio y de sosiego, de modestia, de sencillez y de nivelación en el más allá, que invita naturalmente al recogimiento espiritual”, y luego comparaba la diferencia marcada con los panteones del cementerio municipal, y a su vez, la humildad de aquellos que en el camposanto católico tenían sepultura en tierra.

Más allá de estas consideraciones editoriales de El Orden, lo destacable son los datos aportados, dado que surge el Cementerio Israelita Latino pertenecía “a la Sociedad Israelita Latina de Socorros Mutuos. El terreno que ocupa le pertenece a perpetuidad, por haberlo comprado la entidad nombrada a la Municipalidad que se lo transfirió hace aproximadamente cuarenta años”. También se agrega que había sido fundado “el 9 de junio de 1895”, con un terreno de “unos 20 metros de ancho, con frente al Sud, por unos 150 metros de largo, paralelo y contiguo al muro Oeste del cementerio municipal”. (El Orden 30/4/1934)

Dos días para los difuntos

La celebración del “Día de todos los santos” y del “Día de los fieles difuntos”, enantes puesto en el calendario los días 1 y 2 de noviembre respectivamente, hoy se toma mayoritariamente solo al 2 y se lo menciona como el “Día de los Muertos”. Recordación litúrgica de raigambre católica, ambas fechas fueron convocantes de masivas presencias en la necrópolis municipal. Justamente, en las crónicas periodísticas del siglo pasado aparecían las implicancias del estado del cementerio, los preparativos para recibir a los deudos, y algunas notas de color respecto de la movilización popular. En un tono con ribetes de letra de tango, el diario Santa Fe decía sobre esta celebración en 1919 “Hemos señalado en anteriores crónicas las espontáneas y sentidas categorizaciones de duelo que la celebración del día de los muertos ha motivado en esta ciudad, por parte de la doliente caravana que concurrió al cementerio, a testimoniar que los muertos viven siempre en la memoria de los suyos, de sus amigos, ah!, pero sobre todo, viven siempre en el corazón de la madre, la pobre ‘viejita’ cariñosa y buena que no se cansa de llorar”. (Santa Fe 4/11/1919)

Otro pasaje de crónica descriptiva de esta celebración ilustra en la pluma del ocasional periodista la visita de familiares a sus difuntos en 1931. Pese a la gran tormenta del día previo al 1° de noviembre de ese año, mencionada como “huracán”, y los destrozos y desarreglos que dejó en la necrópolis, El Litoral narraba: “Todo el día hubo público en el campo santo, no cerrándose las puertas ni a la hora del almuerzo. Por la tarde la afluencia fue mayor, llegando desde las 14 horas en adelante, los tranvías atestados, y gran cantidad de automóviles con familias. Por las diversas calles convergentes, verdaderas caravanas humanas llegaban a pie hasta la ciudad de los muertos”. (El Litoral 1/11/1931). Vale decir que muchas veces, a la misa que se realizaba en la capilla del cementerio, incluso con la presencia del obispo de turno, se sumaba una “procesión de los fieles difuntos” por las calles interna del camposanto (El Litoral 1/11/1942)

En una celebración que con el tiempo fue perdiendo adeptos, fieles, o masividad, vale recuperar como dato final de lo que representaba en el pasado cuando se reforzaba la frecuencia y recorrido de los tranvías eléctricos que circulaban hacia el cementerio en los dos primeros días de noviembre. Así lo menciona el diario Santa Fe, cuando bajo el título “Servicio de tranvías al Cementerio Municipal”, anunciaba que “la empresa de los tranvías eléctricos ha resuelto establecer en los días 1 y 2 del mes entrante, un servicio especial en la línea 2, de acuerdo al siguiente recorrido: Ida: Salta, 25 de Mayo y Bulevar Gálvez hasta el cementerio. Regreso al centro: por su recorrido habitual”. (Santa Fe 31/10/1919)

Vale decir que la saturación del servicio de tranvías eléctricos hacia el cementerio no sólo se daba para la celebración del “Día de los difuntos”, sino también muchas veces los fines de semana, en especial los domingos. Así se reflejaba en una nota de 1922 cuando se decía que por el reducido número de coches en circulación, “no es extraño que en un solo tranvía viajen setenta personas u como los coches no tiene capacidad más que para 32 pasajeros, son de imaginar las molestias e incomodidades que de allí se derivan”. (Santa Fe 7/9/1922)

Sepelios multitudinarios

En muchas ocasiones el Cementerio Municipal ha sido escenario de cortejos fúnebres multitudinarios, sea por la fama o reconocimiento popular del difunto, o en otros casos, por el hecho que motivó la muerte. Muchos hombres de la historia de Santa Fe tuvieron su responso final acompañados de ese fervor de los vecinos y allegados.

Más cerca en el tiempo se destaca el cortejo final de 1991 para un hombre de los medios y la política santafesina, intendente de la ciudad, como lo fue Enrique Muttis. Su integridad y reconocimiento emuló, y superó, el acompañamiento de los santafesinos, tal como fue para con otros prohombres de Santa Fe.

Por otro lado, se dice que uno de los sepelios más concurridos fue el de Carlos Monzón, fallecido en 1995 cuando gozaba de salidas transitorias de la cárcel de Las Flores por la condena de homicidio que purgaba por el asesinato de su esposa Alicia Muñiz. El mismo hecho delictivo, con la legislación penal del nuevo siglo, hubiera fijado cadena perpetua para Monzón, bajo la correcta denominación del asesinato como “Femicidio”.

En cuanto a movilizaciones populares entorno de hechos trágicos que provocaron cortejos multitudinarios se puede mencionar al de los obreros estibadores fallecidos en 1928 con motivo de un enfrentamiento entre huelguistas y otros trabajadores que no acataban la medida de parar las actividades del puerto, por las malas condiciones laborales del momento. (El Orden 19/5/1928)

Otros momentos intensos de movilización se vivieron mucho antes en las puertas del cementerio, especialmente en los años de agitación política y violencia institucional, en la década del 70’. De ese tiempo sobresale sin dudas el cortejo y sepelio de un nativo de la cuidad víctima del fusilamiento por parte de las fuerzas armadas en la denominada “Masacre de Trelew”, reconocido como delito de lesa humanidad no hace muchos años.

De aquel acontecimiento se puede abrevar en el blog de Cintia Mignone, “Historias Colaterales”, donde recupera las publicaciones sobre el tema en los dos medios más importantes de la ciudad, Nuevo Diario y El Litoral. “La masacre de Trelew impactó de lleno en una Santa Fe movilizada en aquel agosto de 1972. Además de Jorge Alejandro Ulla, había sido ultimado Alberto Carlos Del Rey, un rosarino bien conocido por estos lugares. Y más conocido aún era uno de los sobrevivientes, Ricardo Haidar. Pero Jorge tenía aquí a sus familiares, aquí había comenzado su militancia y aquí llegaron sus restos a descansar”.

La tarea de Mignone continúa con la descripción y la movilización de estudiantes universitarios y los incidentes y acciones represivas que sufrieron, hasta arribar a la llegada del cuerpo de Ulla: “Al día siguiente, Nuevo Diario publica algunos detalles de la entrega del cuerpo de Jorge Alejandro Ulla a sus padres. En el aeródromo de Sauce Viejo esperaban familiares, amigos e integrantes de la Comisión de Familiares de Presos Políticos, rodeados de un gran despliegue de fuerzas militares y policiales, ‘que habían tomado control de la zona’”.

El cuerpo de Ulla, luego de pasar por la funeraria, fue llevado “hasta arribar al departamento familiar, ubicado en el piso 15 de un edificio de Rivadavia y Tucumán, la custodia fue reforzada con tropas del cuerpo de control de disturbios y con un carro de asalto”. Sigue la periodista santafesina, “El despliegue en la cobertura del sepelio es importante tanto para Nuevo Diario como para El Litoral. Sin embargo, es el primero quien da mayor espacio y publica numerosas fotografías de un suceso que aún es recordado por quienes lo vivieron”, y cita el pie de foto en tapa del Nuevo Diario: “La multitud se interpone entre los carros policiales y el furgón que llevó ayer los restos de Alejandro Jorge Ulla al cementerio local. Poco después los efectivos de seguridad cargaron contra el cortejo obligando a los presentes a dispersarse”.

En el citado blog se describe, “El Litoral, en cambio, realiza una crónica más bien despojada, pero muy contundente tanto del velatorio como de cada paso dado por el cortejo. Marca que el ataúd se hallaba destapado y el cuerpo cubierto hasta la barbilla con una bandera argentina ‘y al medio de ella la clásica estrella roja de cinco puntas del ERP’. La familia había solicitado que no se acercaran coronas, y que su importe se donara a la capilla de Cristo Obrero, de Villa del Parque. Relata también uno de muchos de los incidentes que se produjeron; uno muy significativo es el del intento de la policía de impedir que el ex gobernador Aldo Tessio pudiera ingresar al edificio. El cortejo fúnebre se inició con los concurrentes entonando el himno nacional. El relato de El Litoral continúa señalando la cantidad de remises y carros de asalto que habían cortado el tránsito en la zona”.

Entre los datos de este convulsionado cortejo, en el que muchos de los participantes sospechaban que estaban siendo “fichados” por supuestos fotógrafos de diarios, se dice que “…se demoraban aproximadamente veinte minutos por cuadra y que en la columna de caminantes que acompañaban los restos se encontraban los sacerdotes Atilio Rosso, José Serra, Osvaldo Catena y Ernesto Leyendeker”.

Ya en la necrópolis el cortejo arribó multitudinario, sin dispersarse del todo pese a la gran y amenazante presencia de la policía. “La crónica de Nuevo Diario dice que al llegar el cortejo al Cementerio Municipal, aguardaba otra multitud: ‘Al llegar el cortejo arrojaron al paso del féretro claveles rojos, mientras se entonaba el Himno Nacional camino hacia el panteón familiar. Previamente en el tarjetero colocado a la entrada las tarjetas eran llenadas por jóvenes que escribían solamente la sigla ERP, mientras otros desplegaban carteles con inscripciones de las organizaciones clandestinas que operan en nuestro país, así como de gremios locales que se habían hecho presentes también’. Finaliza diciendo que allí se entonaron ‘las estrofas del himno ‘Venceremos al fin’ y se dieron vivas por la libertad, la Patria, la revolución, y las organizaciones ERP, FAL, FAR y Montoneros’. La de El Litoral agrega que antes de la inhumación de los restos de Jorge Alejandro Ulla en el panteón familiar de la familia de Nicanor Álvarez el cura José María Serra pronunció una oración. Luego hablaron tres estudiantes jóvenes, una representante de la Comisión Nacional de Familiares de Presos Políticos; el presidente del Centro de Jubilados Azul y Blanco, José Bugilolo y una delegada de los barrios marginados”.

El Cementerio Municipal, morada final, ha tenido para muchas personas el silencio en el camino al campo santo, entre la intimidad de la familia y amigos –y hasta la soledad– de un sepelio; y para otros, por el latir de las pasiones y deidades generadas a lo largo de sus vidas, una despedida entre aplausos, flores aventadas al aire y llantos colectivos, un epílogo para su historia.

Los enterramientos NN de la Dictadura

La Dictadura Cívico/Militar que se inició el 24 de marzo de 1976 aplicó muchas veces en los mecanismos de desaparición de cuerpos un modus operandi que incluía operativos de secuestro, tortura, asesinato, y luego, los fallecidos eran dejados en lugares alejados de la desaparición forzada, en pueblos o pequeñas ciudades, en las rutas o caminos cercanos. De allí, eran sepultados como NN (sigla en inglés “No Name” que representa a cuerpos no identificados y que refería a cadáveres en las guerras). Esos enterramientos se hacían a veces en los cementerios de esos pequeños pueblos, o en otras ocasiones, en el Cementerio Municipal de Santa Fe, en fosas comunes o en tumbas sin identificación. Eran tiempos del terrorismo de Estado, y nadie preguntaba demasiado sobre esos cuerpos.  Lo dicho, la necrópolis de Barrio San Pantaleón no fue ajena a esta práctica de las fuerzas represivas, y la luz de la verdad y la identificación de algunos de esos restos, debería esperar hasta bien consolidada la Democracia y gracias a la actividad de la Justicia Federal, el protagonismo de las organizaciones de Derechos Humanos, y en especial del trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

Así se ha logrado, con la intervención en varios casos del Juez Federal de Santa Fe Reinaldo Rodríguez, la identificación de muchos detenidos desaparecidos. Tal lo publicado en Rosario 12 por el periodista santafesino Carlos Tizziani, cuando refiere que “En abril de 1984, a pedido de la Conadep, el ex director del cementerio de Santa Fe, Mentor María Doello, elaboró un informe sobre las inhumaciones de víctimas del terrorismo de estado en el período 1976/80. El documento llegó a manos del entonces secretario de Servicios Públicos de la Municipalidad de Santa Fe, Edgardo Luna (el personaje de Barrio Alfonso para este trabajo). Y una de las anotaciones expresa: ‘NN masculino, inhumado en el cuadro Nº 5, hilera H, fosa Nº 31, el día 18 de octubre de 1976. La causa de la muerte se desconoce en esta dirección (del cementerio). El cadáver fue trasladado de la ciudad de Barrancas, provincia de Santa Fe, a la sala policial del Hospital Piloto por orden del juez de Instrucción de la 1ª nominación, doctor Juan Cantoia, el 16 de octubre de 1976’”. (Rosario 12 2/3/2010)

Otro caso representativo de esta vil práctica fue el de Héctor Marcelo Acoroni, asesinado por el Terrorismo de Estado en 1977, y que estaba enterrado como NN en el Cementerio Municipal de Santa Fe. En 2012 el vespertino local publicaba los resultados de la causa judicial tramitada en el Juzgado Federal N° 1 de Santa Fe, “Surge de la investigación que Acoroni murió durante un hecho que ocurrió en la capital provincial, el 4 de enero de 1977 alrededor de las 20 en inmediaciones de la Universidad Nacional del Litoral. Su cadáver había sido encontrado en Pasaje Larramendi y San Jerónimo”, y fue sepultado como cuerpo no identificado en el Cementerio Municipal. Luego de 35 años de estar  desparecido, “El juez Rodríguez dispuso que los restos sean entregados a sus familiares y que se libre oficio a los juzgados federales en lo penal de Rosario para determinar si por la desaparición de Acoroni se ha iniciado alguna investigación”. (El Litoral 19/9/2012)

Finalmente, y como una historia abierta todavía que necesita más verdad y justicia, se puede mencionar también la Justicia Federal de Santa Fe logró identificar, y devolver a sus familias, los restos de otras cuatro personas. Se trataba, en ese año 2000, de los sepultados en una fosa común como NN en el Cementerio Municipal y que eran Blanca Zapata, Osvaldo Ciccardi, Cristina Ruiz y Horacio Ferraza. De estos militantes asesinados y desaparecidos se destacaba por ese tiempo Blanca Zapata, “madre de María Carolina Guallane, quien, al sospechar que podía ser hija de desaparecidos, comenzó a rastrear su origen y el año pasado logró reencontrarse con sus abuelos”, publicaba el diario capitalino Clarín. Por su parte, la joven santafesina que recuperaba su identidad declaraba al medio: “Nunca pensé que podía lograr esto. Es muy importante para mí tener los huesitos de mi madre y esto me da fuerzas para seguir buscando los de mi papá, Enrique, y a mi hermano, porque Blanca estaba embarazada cuando fue detenida y los papeles indican que esa criatura nació en cautiverio y fue robada”. (Clarín 27/6/2000)

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Barrio San Pantaleón – Historia

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